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jueves, 9 de noviembre de 2017

APROXIMACIÓN A LA HISTORIA DE ESPAÑA de V. Vives. CAPITULOS 13 al 16

13 - COMIENZO DE LAS DISENSIONES HISPÁNICAS.

Tras la victoria sobre el Islam a excepción del reino de Taifa de Granada las reivindicaciones de la nobleza sobre la monarquía recrudecieron.  Se trataba de un fenómeno general en la Europa de los siglos XIV y XV debido a la necesidad de la aristocracia tanto feudal como señorial de situarse en un preponderante plano político que consolidara su ventajosa situación económica mientras que la burguesía sirvió de elemento amortiguador del choque entre aristocracia y realeza. En la Meseta, la escasa densidad de la clase burguesa,  ya desde tiempos de Alfonso XI determinó que el coque entre los dos poderes antagónicos alcanzara dimensiones catastróficas.  El tejido histórico castellano desde la muerte de Fernando III hasta el advenimiento de los Reyes Católicos está urdido a base de una sórdida lucha de intereses personales; medirlos es percatarse del considerable vaivén en la historia de Castilla donde a peridodos de mayor exaltación creadora suceden etapas de profundo malestar, de ineficacia social, de devorador desasosiego. 
Durante el reinado de Fernando III y los primeros años de Alfonso X, Castilla conoció una época de plenitud, de amplia recepción de las corrientes europeos como el Arte Gótico que levanta catedrales de León, Burgos y Toledo, la universidad que se instala en Palencia y Salamanca así como el espíritu de comprensión y tolerancia intelectual entre lo antiguo  y lo moderno, lo musulmán y lo cristiano.  Ello le permitió desempeñar el mismo papel transmisor que en el siglo X le había correspondido a Cataluña, pero en esta centuria la misión castellana a través de la escuela de traductores de Toledo fue mucho más amplia y tendría consecuencias mayores para el futuro de la Sociedad Occidental, a la que inyectó un chorro renovador de ciencia y filosofía helénicas.  Alfonso X revivió la esperanza imperial aunque vinculada a la corona alemana.  Pedro el Cruel y Juan I reverdecieron las aspiraciones hegemónicas sobre los demás reinos peninsulares: el primero enfrentándose con Aragón y el segundo con Portugal.  En este campo de lucha social fue decisiva la terrible coyuntura de Montiel donde quedó sacrificado el último dique que separaba a la nobleza del poder: así la rama bastarde de los Trastámaras fundada por Enrique II (1369) emprendió un penoso camino claudicando ante los aristócratas que habían apoyado el movimiento revolucionario con enormes ventajas financieras como lo fue la consolidación del régimen de la Mesta que enriqueció al Estado con los tributos al ganado amen de doblar las fortunas de nobles andaluces y extremeños.
Las sucesivas oleadas de la Peste Negra (1348, 1362, 1371, 1375) contribuyeron a desquiciar los brillantes comienzo de la recuperación económica castellana  en     época de Pedro el Cruel.  Sobre esta coyuntura global  descansa la prepotencia de los “grandes” de Castilla, eje esencial de las futuras perturbaciones del país. Además de la tentativa de Pedro el Cruel de asegurarse el puerto de Cartagena para la exportación delas lanas de Castilla.
Portugal y Aragón e enfrentaron con idénticos problemas pero pudieron resolverlos de forma muy distinta puesto que ambos desarrollaron un incitante programa de expansión marítima que facilitó una solución menos rígida hacia las reivindicaciones aristocráticas.   En Portugal fueron resolutorias tanto la reacción nacional ante el ataque castellano (1385) frenado en Aljubarrota, como la conversión de Lisboa en etapa preferente del comercio entre el Mediterráneo y el Atlántico.  vendría la expansión norteafricana así como la aventura Atlántica. 
Algo parecido ocurrió en la Corona de Aragón, que a comienzos del siglo XIV, a remolque de Cataluña alcanzó su cenit histórico.  Heredera inmediata de la generación heroica de  Pedro el Grande, la dinastía desplegó una ambiciosa política que no conoció límites en la rosa de los vientos. Cerdeña sería reincorporada a la corona de Baleares, así como  Sicilia enfrentándose por tal motivo a la poderosa Génova.  El gran agrupador del imperio marítimo catalanoaragonés fue  Pedro el Ceremonioso (1336-1387).
Tanto Valencia como Zaragoza se benefician del acicate con que Cataluña y Mallorca estimulan las empresas comunes y se traduce en la consolidación del régimen de oligarquías urbanas y abiertas en las que se admiten junto a los primitivos patricios a los comerciantes enriquecidos y al nuevo grupo social constituido por los BANQUEROS, estimulado todo ello por el instinto “pactista”. Pese a la liberalidad de esta dinastía la nobleza catalanoaragonesa no cesó de decaer desde fines del siglo XIV.  Debido al susodicho poderío económico burgués  sus nobles figuraban en un modestísimo lugar entre sus congéneres castellanos
  Mientras tanto en el campo aumentaba el descontento y una prolongada confusión entre los campesinos agravados por la aparición de la Peste Negra que eliminó a más de la mitad. La nueva circunstancia les indujo a presentar unas elementales reivindicaciones de libertad personal  y a partir de 1390 un gran clamor de emancipación vibraría en el aire del campo de Cataluña.
No conviene olvidar que a lo largo del siglo XIV fueron tan frecuentes las luchas fronterizas con Castilla como las relaciones dinásticas y los intercambios comerciales.  Así, Jaime II se convertiría por unos años en árbitro peninsular y aprovechó su hegemonía para ampliar hacia el Sur los límites del territorio valenciano.  Como resultado global de este período de luchas, no podía preverse a fines del siglo XIV qué reino acabaría prevaleciendo en la previsible fusión de los mismos en el seno de una monarquía común: la de los Reyes Católicos.



14- LAS CRISIS DEL SIGLO XV

Sus raíces se hunden en los acontecimientos del siglo anterior, léase, declive de la agricultura, retirada de capitales del negocio ultramarino, guerras que asolan regiones económicas importantes y, sobre todo el azote de la Peste Negra (1348) que descargará sobre Europa y la península duros golpes hasta el siglo XVII. Peste y mortalidad seguidas por el abandono de los cultivos y las industrias, enlazaron con la miseria y el hambre en el círculo infernal de despoblación e inflación.   Estos factores agudizaron las contradicciones sociales entre campesinos y señores, artesanos y patricios, nobles y monarcas cuando especialmente  en los últimos decenios del siglo  XIV los precios se derrumbaron, se paralizó la actividad mercantil e industrial y las clases superiores fueron acusadas por las inferiores de opresión y desgobierno.
Flandes, Italia, Francia e Inglaterra al igual que los pueblos de España acusaron el rudo golpe desde 1380.
La primera reacción violenta de las masas FUE DESVIADA CONTRA LOS JUDIOS  como descarga sentimental y económica ante tanta desgracia.   Fueron expulsados y perseguidos desde 1391 de Andalucía, comenzando por Sevilla,  La Mancha para luego saltar a las ciudades más prósperas del comercio de la lana y finalmente su persecución se abatió sobre la fachada mediterránea de la Corona de Aragón donde fueron saqueados los barrios judíos de ciudades tales  como Barcelona, Valencia y Palma, entre otras.
Este movimiento provocó la escisión entre la comunidad cristiana y la mosaica.  Ello dio motivo a la formación de una minoría indecisa, la de los “conversos”,  muy influyentes debido a sus relaciones financieras y su prestigio intelectual.  Estos neocatólicos, unos 100.000, acapararon en poco tiempo el odio de los cristianos viejos, puesto que no acababan de adaptarse al cuadro mental de las actividades cristianas comunes tales como la comida y la indumentaria. Se les acusaría de herejes siendo el encono mayor entre la aristocracia y el clero cuya vanidad siempre les ponía en aprieto la bolsa. 
Sin embargo los Trastamaras protegieron a estos conversos tanto en Castilla como en Aragón porque eran una fuente imprescindible de recursos en momentos apurados y un engranaje administrativo del que no resultaba fácil prescindir.  La situación en Cataluña fue más favorable para los conversos, por el hecho que el préstamo recayera en banqueros e instituciones bancarias solventes y no en particulares de la nobleza.   Jamás ocurrió en el reinado catalanoaragonés un movimiento que reclamara una inquisición antijudaizante como ocurriera en el caso de Castilla desde mediados del siglo XV.
Con tan “sublime” aspiración la aristocracia precipitó a Castilla en el caos de cuatro guerras civiles, la última en extremo violenta.  En cambio en Cataluña el despliegue del conflicto fue más paulatino y abarcó a todas las clases sociales.  Ello produjo tres movimientos subversivos simultáneos: de los remensas contra sus señores, de los gremios y artesanos contra los patricios, de estos y los nobles contra la monarquía autoritaria.
Alfonso el Magnánimo apoyó la causa de payeses y menestrales en Cataluña y en 1455 impuso soluciones democráticas a las aspiraciones de su pueblo.  Ello provocó una reacción en las clases privilegiadas que derivó en el levantamiento contra Juan II de Aragón en 1461-62.
Por aquel tiempo se habían anudado tantas relaciones entre los distintos reinados que resultaba imposible su subsistencia en la forma política consagrada en el s. XII.  Así magnates castellanos y aragoneses cruzan la frontera y se instalan en el corazón  de los problemas políticos de los vecinos, por ejemplo vemos como buques vizcaínos y andaluces constituyen el equipo ligero de la navegación catalana y mallorquina,  también como ante las arremetidas de Luis XI en el Rosellón en 1473 son los barceloneses los primeros en ilusionarse con las lanzas castellanas que su príncipe heredero podrá traer de Segovia. 
En resumidas cuentas, la monarquía del Renacimiento se está gestando en la península, y gestándose con signo castellano por el simple empirismo de su demografía en auge, de los recursos que pese a la contracción económica sufrida siguen proporcionándole los rebaños trashumantes de la Mesta así como por la libertad de acción que reivindican sus reyes.
En el vocabulario de los medios mercantiles del extranjero  tales como  Avignon y en Flandes es   donde inicialmente se endosa el nombre de España a la península asociándose al de Castilla y tergiversando, quizás debido a una mayor comodidad vocal, la tradicional idea de mancomunidad hispánica medieval.  Además, por entonces, las relaciones dinásticas propiciadas por el establecimiento de una misma familia, la de los Trastámaras, en los tronos reales de Castilla y Aragón facilitaba el advenimiento de la unidad monárquica, de la “monarchia hispana”.  Tras la muerte del último rey de estirpe condal barcelonesa en la Corona de Aragón y mediante del Compromiso de Caspe  surgió la designación de Fernando >I, nieto de Enrique II, como nuevo monarca aragonés (1412), lo cual supuso una coyuntura afortunada para Castilla pues puedo aprovechar la riqueza fabulosa concentrada en manos de la rama menor de los Trastámaras  (conversos burgaleses y medinenses, Orden de Santiago y dinero de la Mesta) para neutralizar al Jaime de Urgel que también pretendía la misma corona así como contra la incapacidad de la burguesía catalana para hallar una fórmula que la reconciliara con la aristocracia pirenaica.
El colectivo que marcó el camino hacia la unidad fue el de Juan II de Aragón, rey de Navarra y gran magnate castellano el cual situado entre la espada de Luis XI de Francia y el muro de la Revolución Catalana, no vio otro recurso de salvación que apoyarse en el auxilio castellano.  Este fue el Norte, siempre pragmático, que alimentó el proyecto matrimonial entre su hijo Fernando y la princesa castellana Doña Isabel.  Este proyecto tropezó con considerables dificultades puesto que la península se encontraba inmersa en guerras civiles que estaban causando estragos y consumiendo recursos.  Finalmente tras una aparente reconciliación general acaecida en la entrevista de Toros de Guisando (1468) los rebeldes reconocerían el gobierno de Enrique IV siempre que éste admitiera la sucesión en el trono de ´”su jefe”, es decir de la  princesa Isabel.  Aun así al año siguiente del enlace entre  Isabel de Castilla y Fernando de Aragón se volvería a plantear sobre el tapete no solo la futura suerte de los partidos en lucha, sino la orientación general de la política castellana.  En aquel momento Castilla podía optar por una dirección atlántica o mediterránea y la suerte de armas se encargó de resolver la dramática opción.
Por tanto: El éxito del matrimonio aragonés venía condicionado por la desesperada situación en que se encontraba el rey Juan II.  En Cataluña se fue incrementando una  atmósfera de intranquilidad ante una política que produjo desasosiego en la acción, veleidad en los objetivos, agotamiento del país ante empresas superiores a sus posibilidades inmediatas.  Todo ello  motivó y se le  añadieron las revueltas de las clases bajas urbanas y  campesinas, la exigencia de tierras y libertad por parte de los remensas  y las aspiraciones de artesanos y gremios a los puestos de mando del municipio (1455). Todo ello pura dinamita que estalló  al socaire de las tirantes relaciones entre Juan II y el príncipe de Viana, conflicto fomentado por el oro castellano  y aunque se resolvió a favor del monarca este fue  incapaz de pacificar el país.  El Príncipe de Viana se lanzó  a la  política matrimonial con Castilla y Juan II exasperado ante su “traición” lo hizo arrestar en Lérida (1460) lo cual encendió la mecha de la Revolución catalana.  En su primer periodo Juan II avasallado fue obligado a liberar al príncipe de Viana, pero muerte este unos meses más tarde, la demagogia hizo fácil presa en un pueblo rápidamente sugestionable y se deslizó, de nuevo, la guerra civil.  Barcelona volcó sus tesoros en la lucha de modo que el rey Juan II sólo pudo resistir el golpe revolucionario buscando la protección de Luis XI de Francia.  En estas condiciones, los catalanes destronaron a Juan II y proclamaron rey a Enrique IV de Castilla proporcionando a esta corona una oportunidad clarísima para extender su dominio hasta el Mediterráneo. A la muerte de Enrique IV, eterno enamorado de la paz, había mantenido difícilmente el fiel de la balanza entre la grandeza Castellana, Aragón y Francia, ente su hija y su hermana.  A su muerte estalló la inevitable contienda encendiéndose una guerra de sucesión en la que no solo se planteaban los derechos de las princesas Juana e Isabel sino el más  vasto de qué papel ejercería Castilla en la organización peninsular y en la política internacional.
Francia  y Portugal apoyaron a doña Juana. Aragón y sus aliados (Nápoles, Borgoña, Inglaterra) a Doña Isabel.  La eficaz juventud de Fernando de Aragón, el sentido reformista de la intervención aragonesa y catalana en Castilla unido al auxilio militar delos experimentados técnicos mediterráneos, dieron la victoria al partido Isabelino.
Resuelta la principal fuente de sus divergencias políticas – la duplicidad de influencias de los Trastámaras en el país - Castilla pudo ser organizada para desempeñar su papel medular en el seno de la sociedad hispánica. 



15 - LA ORDENACIÓN HISPÁNICA POR LOS REYES CATÓLICOS

 Los Reyes Católicos  inician  el gobierno mancomunado de las coronas de Aragón y Castilla bajo una misma dinastía tras el final de la guerra civil castellana acaba en 1479 y Juan II de Aragón  fallecido al principio del mismo año.  Este gobierno presidio cierto clima de hermandad entre los pueblos reunidos bajo el mismo cetro, especialmente sentido en el mediterráneo durante los años de la regencia de don Fernando ( 1504-1516). Navarra, tras su incorporación  a la corona castellana no perdió su régimen privativo.
Resuelto el secular problema fronterizo aragonés que hasta entonces había maniatado a Castilla, esta pudo asestar un durísimo golpe al último reducto del Islam en la Península.  Granada sucumbió en 1492, el mismo momento que Francia planteaba de nuevo su problema con Italia, lo cual permitió a Fernando el Católico disponer de excelentes bazas en el juego diplomático europeo obteniendo la devolución del Rosellón y la Cerdeña (1493) de Carlos VIII anteriormente ocupados por Francia.   Así quedó cerrado el peligroso boquete en la frontera pirenaica de la Corona de Aragón.  En este juego fue decisiva la aparición del ejército castellano en los teatros de guerra del continente en los que debía señorear durante siglo y medio.
La monarquía  de los Reyes Católicos ofreció, en principio idénticas oportunidades en el seno de la nueva ordenación hispánica. El portavoz de esta política fue Don Fernando, pues Doña Isabel se sintió fiel al sentido integracionista de la monarquía castellana,  como se demostró en la sujeción de Galicia a comienzos del reinado. Su marido practicó el dualismo administativo y consolidó el gobierno pactista en Cataluña y Aragón.   En este aspecto su juego político fue muy superior al de los monarcas de su época al intentar entremezclar los espíritus de ambos reinados, por ejemplo una política oceánica vinculada a Castilla y una política norteafricana circunscrita a Cataluña-Aragón aunque la corte empleara indistintamente hombres y recursos de ambos antiguos reinos para  alcanzar sus fines. 
Castilla adquirió desde el primer momento  lugar preponderante en la monarquía hispánica no solo por la extensión de su territorio y población sino por la decadencia de una Cataluña convaleciente de la obstinada furia revolucionaria en que había disipado sus recursos.  Valencia, rica, próspera y culta habría podido ocupar el lugar de mando en la fachada mediterránea pero no tardó en rendirse a los efluvios de la cultura castellana en un precoz acatamiento de lo que había de ser la realidad hispánica en los siglos XVII y XVIII.
Debido a que tanto Navarra como la Corona de Aragón disponían de ciertos parapetos legales para frenar los deseos de la monarquía  los monarcas se centraron su actuación en Castilla, lo cual marcaría una tendencia que tendría incalculables consecuencias ya que comenzaron a aplicarse en todos los territorios de la península   soluciones políticas a problemas que sólo afectaban al reino castellano como fue el de la subsistencia de las comunidades judías, el de la infiltración de los conversos en los organismos directivos del país,  lo que provocó el establecimiento de la Inquisición en los primeros años del gobierno de los Reyes Católicos y más adelante el decreto de expulsión de los hebreos (1492).  La primera gran depuración española procuró la unidad de fe en torno a la Iglesia Católica engrandecida por tres siglos de dirección espiritual y militar de la Reconquista, pero eliminó de la vida social a los únicos grupos que habrían podido recoger en Castilla el impulso del primer capitalismo.  La oleada de espanto que levantaron estas medidas repercutiría en un futuro próximo en la mentalidad castellana. Así en 1502 se decidió eliminar toda disidencia confesional y se ordenó que no solo los musulmanes granadinos, sino los de toda España fueran expulsados salvo que se convirtieran al cristianismo cosa que  hicieron en masa con el inevitable resultado de crear un núcleo inasimilable y pronto a toda acción subversiva. 
A pesar del aliento que la realeza procuró insuflar en las clases medias, la nobleza castellana continuó  incólume en sus privilegiadas posiciones políticas y territoriales pues pese a haber renunciado a manejar a su antojo los asuntos del   país, a su independencia cantonal o a sus reductos de las Órdenes Militares, tras la fachada del autoritarismo monárquico y su  aparente sumisión política a la Corona, la nobleza se irguió desde sus encomiendas, señoríos y latifundios como gran dominadora del país, robustecida por continuas concesiones de grandeza, repartos de tierras (las de Granada) y establecimiento de mayorazgos.  Estos hechos comprometieron el futuro de la agricultura castellana y la facilidad del negocio lanero, que tantos intereses económicos cobijaba determinó la consolidación de los privilegios de la Mesta con  su inevitable secuela de ampliación de eriales y cotos cerrados a la actividad agrícola.



Sobre tan débiles bases agrarias resultaba imposible levantar un sólido edificio económico y los Reyes Católicos  pese a favorecer la industria y el comercio mediante disposiciones proteccionistas no practicaron una política mercantilista coherente, imposible, por otra parte, en un país donde faltaban capitales para aplicar a la producción.
El resultado de tierras Americanas resultaba demasiado reciente como para pensar en el aprovechamiento de sus secretos tesoros y la expansión industrial.  Más adelante, las guerras exteriores y la miseria agrícola dilapidarían el oro que la fortuna brindó tan pródigamente a Castilla.
Pese al  lejano y pretendido concepto monolítico, Castilla,  espléndida en sus empresas exteriores y vacilante en sus objetivos internos pues eran muchas las contradicciones existentes entre los distintos reinos que formaban la nueva Monarquía  así como  entre las diversas clases sociales de cada sector se produce una sensación de bienestar y riqueza que alcanza a la decaída Cataluña.  El humanismo castellano florece durante este periodo (el plateresco antiguo y la apertura cultural de un tal Cisneros en Alcalá) al establecimiento de la  monarquía y la colorea con arrebatos de imperial grandeza.

16 - LA MONARQUÍA HISPÁNICA DE LOS HABSBURGO

Durante  las tres generaciones simbolizadas por Carlos I, Felipe II y Felipe III, la monarquía hispánica siguió la estela legada por los Reyes Católicos. En ello influyó tanto el sentido de grandeza de las realizaciones internacionales de estos en Europa y América como el ARMAZÓN BUROCRÁTICO que constituyeron para el gobierno y la administración de justicia en sus posesiones.   Nadie dudó en aquella época que el sistema de unidad dinástica, con amplias autonomías regionales, fuera el mejor de los regímenes posibles para España, ni nadie puso cortapisas al papel preponderante ejercido por Castilla en la política, la economía y la cultura hispánicas. El trasiego de la importancia geopolítica del Mediterráneo al Atlántico acabó de robustecer esa misión.
 Mientras Aragón conocía un período de prosperidad relativa, Cataluña y Valencia vegetaban en un aislacionismo un  tanto sombrío, solo perturbado por gravísimos problemas como el de la amenaza turca amen de minúsculas luchas internas sin aspiración colectiva de ningún género.
Pese a las deficiencias del sistema agrario que precipita al país a grandes hambres y le obliga a comprar trigo foráneo, pese al escaso rendimiento de la industria, cuyos productos no pueden competir en calidad ni precio con los de Francia, Flandes e Italia, pese a la incompetencia financiera de la Corte, abocada de continuo a la bancarrota, Castilla está en pie, en lucha contra una Europa que se debate ante las sucesivas arremetidas de la marea protestante.
Pese a la inyección de metales preciosos americanos  que supuso una inyección puntual en algunos momentos críticos, lo cierto es que en 1575 llegaron a colapsarse los pagos de la feria de Medina del Campo al sobrevenir la bancarrota del comercio lanero castellano.  Además para las Américas parte gente emprendedora que no serán reemplazadas en la madre patria.
En resumidas cuentas, la tarea castellana resulta obsesionante y para realizar su misión va podando cuantos elementos generosos brotan en su seno tales como el ideal burgués fruto de la guerra de comunidades así como las ramas erasmistas y renacentistas en su empeño de mantener la ortodoxia. 
Este duro sacrificio halla su compensación en los profundos hallazgos espirituales realizados en el seno de una Iglesia que efectúa la síntesis entre el boyante esplendor de la dinastía y el colectivismo democratizador del pueblo.  Teólogos, misioneros, místicos y ascetas esmaltan la época de oro de la vida eclesiástica española.  El desprecio profundo de lo terreno y el ideal de misión ecuménica entierran definitivamente cualquier programa de recuperación económica de Castilla.
Mientras los banqueros genoveses acaparan los beneficios de la explotación de las minas americanas y los armadores de la misma procedencia el suministro de las flotas, mientras los mercaderes italianos , flamencos y franceses se apoderan tras las ferias de Medina del Campo y los embarques de Sevilla y Cádiz, del negocio colonial, la Monarquía, lejos de reaccionar, va enzarzándose cada vez más en un peligroso confusionismo financiero que la ata al carro capitalista allende los Pirineos.  Dicho confusionismo convierte todos sus esfuerzos no solo en ruinosos sino en estériles. 
El patriarcalismo estatista de Felipe II agotó las posibilidades económicas de Castilla en un mercantilismo de vía estrecha, cuyos únicos reflejos en el país se  hallan en el relativo auge de algunas pañerías provinciales, en las magníficas construcciones de algunos hidalgos andaluces y extremeños enriquecidos por las encomiendas americanas y en el opresivo esplendor de Sevilla.  Sin embargo no hallamos ningún capital invertido en el país, ya sea en la bonificación del suelo agrícola, ya sea en la constitución de sociedades mercantiles para la explotación del mundo oceánico, incluida la trata de esclavos en manos de portugueses o franceses. ESTA INCOMPRENSIÓN DEL MUNDO CAPITALISTA DEJÓ A CASTILLA DESARMADA ANTE EUROPA.

He aquí un PUNTO CLAVE en la problemática de la historia de España.  Conviene bucear en la mentalidad castellana de la época de Felipe II.  No solo la burguesía se trata de un fenómeno transitorio sino  más aún lo es su sector industrial.  El cual a la menor contrariedad producida por cualquier crisis cíclica o el desencadenamiento de un nuevo empuje inflacionista, se derrumbaron por faltas de capital, de técnicos y de reservas de materia prima.  Desde 1590 las pañerías y sederías castellanas se paralizan y los obreros despedidos van a la corte a nutrir la legión de pedigüeños o peones.  En definitiva: quienes poseen dinero  (aristócratas e hidalgos) lo PETRIFICAN en construcciones tales como templos  o monasterios o lo sacralizan en obras de arte, pero ninguno cede a la tentación industrial o mercantil.
Detrás de esta mentalidad se dibuja no solo la soberbia sino el EMPEÑO DE HONRA, distintiva al supuesto ideal judío de la usura y de la ganancia ilícita.   Con ello resurge el tema del cristiano nuevo   que llena tantas páginas de la historia íntima castellana de los siglos XVI y XVII. Solo más tarde Castilla comprobará que la riqueza de un país es la base de toda política exterior afortunada y que una economía saneada compensa mil  batallas perdidas.
La arremetida calvinista con un credo, un dogma y una mentalidad tan absoluta como los católicos halló a Castilla en plena reacción espiritual y gracias a un rígido encuadre del país bajo Felipe II fue posible convertirlo en centro de la resistencia ortodoxa de toda Europa, con un papel a menudo divergente de las propias miras del Pontificado.  Así Castilla se cerró a las influencias de exterior, escrupulosamente fiscalizadas por la Inquisición y los tribunales administrativos.  Incluso se prohibió a los hispanos estudiar en las universidades extranjeras, salvo Bolonia.   Todo ello causó una enorme impermeabilización de España y se extinguió el compromiso intentado por la intelectualidad (Cisneros, Vives, Vitoria) de las dos generaciones anteriores, en las que la defensa de la pureza de la fe, la inquebrantable ortodoxia no habían vedado fecundísimas incursiones en el campo del humanismo occidental.
Carlos I, educado en el ambiente mercantil de Flandes, pudo haber dirigido la monarquía hispánica en otro sentido y así lo intentó al liberalizar el comercio americano en 1529, pero sus múltiples ambiciones le convirtieron en un forzado depredador de la riqueza castellana. Pese a las guerras libradas contra Francisco I de Francia que revelaron la potencialidad de sus recursos estableciendo la hegemonía española en Italia tras la batalla de Pavía (1525) así como el esplendor de la coronación en Bolonia (1529), dichas batallas no lograron avasallar a Francia, ni atemorizar a los protestantes alemanes, ni frenar a los trucos osmanlíes, ni incluso detener la arrogancia de los berberiscos en las costas mediterráneas.
En tiempo de Felipe II  la polisinodia concertada de aristócratas y letrados, de burócratas y empleados de todo rango hizo que la marea creciente de papel  llegada al seno de los distintos Consejos agotara la capacidad de los resortes administrativos, aturdiendo incluso al primer burócrata del estado: su escrupuloso monarca reinante.   Quedó patente, pues, allá por 1582, la demostración del mal funcionamiento de la economía agraria castellana desde la gran hambruna de 1582.
 Con todo, el inicial dinamismo y la fe (confianza ciega, sin interrogantes) del pueblo castellano permitieron a la Monarquía vivir horas de euforia universal tales como la contención de los turcos tras la victoria de Lepanto en 1571, la inclusión del reino portugués en la Corona hispánica en 1581 con la totalidad de su inmensidad colonial africana, índica y tierra de las especias; con Francia cuidadosamente vigilada en sus amenazadores vaivenes religiosos y los países bajos en revuelta desde 1566 contenidos una y otra vez dentro del murallón defensivo español.  Tan solo lo británico se le resistía pues  tras el desastre de la Armada Invencible (1588)  se volverían las tornas y a dicha derrota se  le sumarían: la imposibilidad de reducir a los neerlandeses, la recuperación de Francia como gran potencia europea y la ya insoslayable separación de Portugal.
Muerto el gran monarca, que impuso a sus reinos un ritmo tan agotador sin resultados prácticos concretos, el gran edificio de la Monarquía Hispánica no se desplomó bruscamente porque un vivo deseo de paz se adueñó de Occidente tras aquel agitado período de luchas.  Se presentaba la coyuntura propicia para rectificar errores y modificar sistemas, pero los consejos seguían funcionando con su habitual tradición burocrática y ellos impusieron al incapaz Felipe III,  sombra del ya primitivo tronco biológico de Austrias, Borgoñas y Trastámaras, el régimen de los validos.  Con el nuevo siglo se inauguraba la preeminencia de los grandes latifundistas andaluces, gente dadivosa, infatuada, arribista e incauta.
El Duque de Lerma toleró la corrupción de la burocracia, el enquistamiento en el gobierno de los comparadores de cargos públicos. Todo ello también era mal de la época en Europa, pero en la corte madrileña alcanzó ápices exagerados.  En estas circunstancias el aparato del Estado se limitó a vegetar, considerando venerable toda institución añeja y excelente cualquier arbitrio que permitiera mantener intacto el esplendor búdico de la Monarquía. 

Por todo lo anterior, nadie podrá sorprenderse de la drástica medida que puso fin a la diversidad religiosa de las Españas: la expulsión inicial de los moriscos valencianos y andaluces  y la posterior de los de Aragón y Castilla. Un total de 300.000 seres  expulsados desde 1609.   Con ello se eliminaba cualquier peligro que pudiera acechar desde el mediterráneo así como lograr la unidad religiosa peninsular.  El extrañamiento de los moriscos resultó un negocio ruinoso, llevado a cabo sin la preparación que exigía el delicado problema de sustituir una mano de obra agrícola que detentaba el tráfico de mercancías, gran parte del préstamo y   la obligación de hacer frente a los intereses que gravaban sus fincas.  Algunos prohombres se beneficiaron con el trasiego de bienes, propiedades y arrendamientos, pero el país perdió un nuevo chorro de energías en el mismo momento en que debería hacer frente a la gran crisis social económica, social y política del siglo XVII.

6 comentarios:

  1. Te estás haciendo toda una experta en esto de espigar en el manual de Vicens Vives para obtener unas líneas que ayuden a explicar nuestro tiempo actual. En el pasado están las claves.
    Un saludo, Emejota.

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    1. CAYETANO. Eso mismo parece que ando confirmando y me aterran las conclusiones que soy capaz de extrapolar al respecto a estas alturas de la vida. Una fortuna que me pasaran desapercibidas de jovencita; la ceguera, el ímpetu y el egoísmo juvenil seguramente me debieron proteger.

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  2. Menuda tarea tienes por delante, que valiente eres, si continuas claro, si no, también... :)
    Besos y salud

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    1. GENIN. El librito es corto y sólo me quedan 3 o 4 capítulos por resumir, es decir que con suerte lo liquido en la última entrada.
      No soy valiente por ello pues me agrada hacerlo y en su día adquirí el hábito del esfuerzo. Mejor no te cuento más al respecto porque el paso del tiempo me está haciendo plantearme los "contras" de dicho hábito porque los "pros" se suelen traducir en realizaciones y resulta algo sobradamente conocido.

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  3. Si se conoce la historia, aprendemos y no la repetiremos, pero ya sabes...

    Besote

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Gracias por tu tiempo.