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martes, 14 de noviembre de 2017

APROXIMACIÓN A LA HISTORIA DE ESPAÑA de Vicens Vives. CAPÍTULOS 19 Y 20. FINAL

19 - POLITICA Y ECONOMÍA EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XIX.

Con el motín de Aranjuez (17/3/1808, fecha claramente interesante a efectos astrológicos)  se produjo  el primer síntoma evidente de que el humor político y social había cambiado en España.  La intervención DEL PUEBLO, COMO SIEMPRE, AGITADO POR  ELEMENTOS PROVOCADORES, a favor del príncipe Fernando motivó la abdicación de Carlos IV y el fin del régimen dictatorial de Godoy. NO SE TRATA DE UNA SIMPLE ANÉCDOTA  QUE UN MONARCA FUERA DESTRONADO A CAUSA DE UNA ACCIÓN POPULAR, TODO UN CAMBIO DE SIGNO. 
AMANECÍA UNA NUEVA ÉPOCA aunque fuera al amparo de las bayonetas de Napoleón que tenía en mente apoderarse del país con el fin de montar un eficaz sistema administrativo en su beneficio, aunque por entonces aún no lo comprendiera el pueblo ni los afrancesados.
Ocurrió que  un grupo temeroso del regreso de Godoy aprovechó el SENTIMENTALISMO POPULAR para echarse sobre los franceses invasores.  Así se produjo la trágica jornada del 2 de Mayo, donde la MASA POPULAR se convirtió en EL PRIMER SUJETO de la vida política española y se reveló en su plenitud en las decisivas jornadas de la última semana de mayo y la primera de junio.   Los intelectuales y los hidalgos asumieron el poder apoyándose en el fervor de artesanos y campesinos dispuestos a partirse el pecho combatiendo contra el francés AUNQUE EN EL FONDO SUBYACERA LA CUESTIÓN DE LIBRAR AL   PAÍS DE LOS GODOYISTAS. Finalmente, cuando las tropas napoleónicas se quedaron para imponer a José I y la Constitución de Bayona, el movimiento se  concentró en un arrebatado impulso contra los invasores y lo que ellos representaban en Europa ASÍ COMO  APROVECHAR DICHAS REVUELTAS PARA DAR A LA MONARQUÍA UNA NUEVA ORIENTACIÓN  QUE HICIERA IMPOSIBLE EL DESPOTISMO MINISTERIAL Y LA HUMILLACIÓN DEL PUEBLO.  Así el reformismo político y social se convirtió en uno de los principales objetivos de la lucha de un pueblo siempre activo en la guerrilla y que daba sus vidas en  defensa de las plazas fuertes que representaban su hogar, por Dios y por su rey.  Sin embargo en el fondo el pueblo desde todos los ángulos estaba siendo azuzado por el FERMENTO DE RENOVACIÓN SOCIAL Y DE UNA TENDENCIA ANTIARISTOCRÁTICA .
La élite del país quedó dividida en CUATRO  direcciones:   1 -  Quienes  aceptaban las cosas tal y cómo se encontraban antes del 2 de Mayo.                            2 – Los Afrancesados que consideraban  a Napoleón como un mal menor.                                            3 -  Los Tradicionalistas, que  pretendían establecer los antiguos moldes monárquicos.                         4 – Los Reformistas

Dichos REFORMISTAS fueron favorecidos por el apoyo inglés, y el ataque de la Grande Armée entre 1809 y 1812 gracias a lo cual consiguieron proclamar la soberanía nacional  y la libertad de imprenta que dieron al país la Constitución de Cádiz en 1812. (La Pepa)



Las divergencias de criterio sobre muchos puntos de dicha Constitución como la supresión del Santo Oficio, especialmente cuando el episcopado se opuso de modo tajante a admitir dicha medida,  abrió un foso insalvable entre dos facciones: LOS SERVILES  y LOS LIBERALES.
Ante dichas circunstancias, cuando  FERNANDO VII  (1814-1833) llegó al trono  OPTÓ POR EL ABSOLUTISMO  desoyendo  al grupo conocido como LOS PERSAS que eran REALISTAS TRADICIONALES PERO PARTIDARIOS DE REFORMAS para impedir el despotismo ministerial.

Así es como LOS LIBERALES SE ENCONTRARON ABOCADOS A SOCIEDADES SECRETAS tales como la Masonería. (Una secta que poco se debía parecer a la norteamericana que conocí en su día)  En dichos reductos ocultos se encontrarían con otros despojos políticos tales como algunos oficiales regresados de las cárceles francesas y con algunos jefes guerrilleros. Todos ellos habían sufrido un hondo desengaño al ser rechazados a posición secundaria mientras se daban las PREBENDAS A LOS SUPERVIVIENTES DEL VIEJO RÉGIMEN, entusiastas godoyistas que habían sido vapuleados por las tropas napoleónicas.

Así es como en el seno de la masonería y del carbonarismo, endémicos de la época, se preparó la larga etapa del Ejército liberal en España Y en 1820 los oficiales de dicha tendencia se acabarían pronunciando contra el absolutismo real  y harían ACEPTAR AL MONARCA  LA CARTA CONSTITUCIONAL. 

Todos estos acontecimientos que convertirían en faro de la revolución del que partieron los rayos que encendieron movimientos análogos en Portugal e Italia dejaron a UNA EUROPA ATÓNITA;  SIN EMBARGO  EL PAÍS CONTINUÓ ADSCRITO A SU CREDO TRADICIONAL.  Ello explica la intrascendencia de la batalla política  que libraban en Madrid las dos nacientes ramas del árbol del liberalismo español conocidas como: DOCEAÑISTAS Y  EXALTADOS.

Mientras tanto cierta tendencia reformista y foral  reflejada en EL MANIFIESTO DE LOS PERSAS (1814) produjo un levantamiento en el campo del Norte de España en 1822, especialmente violento en Navarra y Cataluña, donde quedó constituida la REGENCIA DE URGEL. 

Puestas así las cosas, CON LOS EXALTADOS EN EL PODER,  amenazados los derechos señoriales y burgueses, algunos capitalistas se vieron amenazados por los primeros conatos de agitación obrera que registró la historia de España: BASTO, PUES,  UN SIMPLE PASEO MILITAR DEL EJERCITO FRANCÉS (Conocido como los Cien Mil hijos de San Luis) para desmontar el aparato de la segunda experiencia constitucional en España) en 1823.  De nuevo LOS LIBERALES VOLVERÍAN A CONOCER UNA OLEADA DE PERSECUCIÓN Y DEPURACIÓN, RÉPLICA AGUDA A LAS QUE ELLOS MISMOS ACABABAN DE EJERCER.  La mayoría partió hacia el exilio siguiendo el ejemplo de tantos otros movimientos políticos españoles.  Pero la Constitución de 1823 se caracterizó porque sus constitucionalistas eran  GENTE JOVEN DESEOSA DE NOVEDADES los cuales posteriormente descubrirían EL MOVIMIENTO ROMÁNTICO en Francia y sobre todo en  INGLATERRA DONDE LIBERALISMO Y ROMANTICISMO SE DIERON LA MANO, y bajo su influencia regresarían a España en 1833.

Mientras tanto ALGO ESTABA CAMBIANDO en la península, en el seno del partido realista: La fracción más importante conocida como LOS APOSTÓLICOS, comenzó a desconfiar de Fernándo VII por diversos motivos tales como: (1) su indulgencia respecto a los elementos moderados del ejército,  (2) por el crédito a los funcionarios afrancesados, (3) por rechazar en bloque a oficiales y tropa del Voluntariado Realista de 1822-23, (4) por rehabilitar el tribunal del Santo Oficio.

Este GRUPO DE APOSTÓLICOS PUSO SUS OJOS EN LA PERSONA DE  CÁRLOS DE BORBÓN,  hermano y probable sucesor de Fernándo VII.  Esperaban que dicho Cárlos acogiera la integridad de su movimiento empeñado en la defensa del ideal católico español  en perfecto acuerdo con la tradición foral del país.

La ruptura entre Fernando VII y los apostólicos ocurrió en 1827 con motivo del alzamiento catalán de los “malcontents” (agraviados).  Tras estos acontecimientos Fernándo VII, al  no desear caer en el sistema liberal ni en el carlista, volvió a gobernar dictatorialmente apoyándose en una afecta burocracia “ilustrada” cuyos tentáculos alcanzaban a los banqueros afrancesados en el exilio a los industriales del algodón de Barcelona a los comerciantes de Cadiz y a ciertos grupos de emigrados LIBERALES MODERADOS.

La fórmula del liberalismo moderado era la fórmula que apoyaba la burguesía periférica y los hombres de negocio que empezaban a surgir en Madrid al compás del incipiente desarrollo de la economía nacional, fue una tendencia burocrática fernandina para orillar el violento choque que se presentía entre exaltados y carlistas y proclamar los derechos sucesorios de la recién nacida princesa Isabel (1830). Dicha proclamación no fue el resultado de un mero cabildeo cortesano sino producto de gran estrategia.

El levantamiento Carlista de 1833, estando su viuda  M.Cristina de Borbón  como regente, se localizó  en las regiones donde el  ESPÍRITU FORAL  era más FUERTE  y los campesinos gozaban de relativa independencia económica tales como Vascongadas, Navarra, Aragón y Cataluña.   Ello obligó al gobierno a acentuar sus disposiciones liberales y el poder fue confiado a los “MODERADOS” :es decir a los LIBERALES DOCEAÑISTAS Y BURÓCRATAS ILUSTRADOS  que creyeron hallar la panacea a los conflictos que dividían al país promulgando el “Estatuto Real” que salvaguardaba el principio monárquico y permitía la intervención de las clases adineradas en el gobierno del país, lo cual precisamente resultaba ser el IDEAL BURGUÉS:  La nueva clase social que entraba en una época de gran empuje con la introducción de las primeras máquinas de vapor.

Sin embargo este régimen moderado  se frustró ante la virulencia de las pasiones desatadas por la guerra civil que asolaba el Norte de España y los carlistas tenían en jaque a las desorganizadas columnas del ejército de la regente Cristina.  En las principales ciudades sobrevenían feroces explosiones anticlericales motivadas por oscuros resentimientos seculares y por la propaganda demagógica de los liberales exaltados.  Entre 1834 y 1835 numerosos conventos fueron quemados y saqueados.   Lo mismo ocurrió  en los grandes monasterios que todavía dominaban la vida rural del país. 
Aprovechando dicha situación el ministro MENDIZÁBAL  dispuso una idea antigua de Carlos III y Carlos IV, así como vivamente defendida por  la familia liberal desde 1812 desde las Cortes de Cádiz: se trataba de LA DESAMORTIZACION DE LOS BIENES DEL CLERO.  Sin embargo aunque pudo tratarse de una verdadera reforma agraria que estabilizase la suerte del campesinado castellano, extremeño y andaluz, tan solo se limitó a ser una TRANSFERENCIA de la Iglesia a las CLASES ECONÓMICAMENTE FUERTES, de la que el Estado sacó menor provecho y los labradores gran daño.

Consecuencias inmediatas de tal medida fue la CONSOLIDACIÓN DEL LIBERAL  (los conservadores se apuntaron al carro liberal y se vincularon por interés a la causa de Isabel II) Y LA EXPANSIÓN DE UN  NEOLATIFUNDISMO MUCHO MÁS PODEROSO Y EGOÍSTA QUE EL CREADO EN LOS SIGLOS XIII a XV.

La Constitución de 1837, una de las más liberales de Europa,  supuso un nuevo deslizamiento hacia la izquierda, expresión de la inquieta minoría progresista (los antiguos “exaltados”, minoría que contaba con la adhesión de unos cuantos intelectuales, de varios jefes de alta graduación militar y de las masas del recién nacido proletariado industrial.  Todo ello adobado por la desmoralización del partido carlista tras perder algunas batallas en la guerra civil que hicieron del progresismo un partido muy ambicioso.  Su jefe, el general Espartero se atrevió a enfrentarse a la regente María Cristina y obtener su renuncia. 
Como se trataba de una victoria de obreros y menestrales contra la burguesía urbana llamado el gobierno de los espadones, y puesto que nadie tenía autoridad:ni la Corona, ni los partidos ni el pueblo alguien había de ordenar el gobierno respaldándolo con las bayonetas del ejército.  Fue en este punto que Espartero empezó la trayectoria del militarismo romántico español acompañado de diversos sangrientos pronunciamientos.

El gobierno de los progresistas y de Espartero (1840-1843) no resultó convincente pues la burguesía, especialmente la de Barcelona no podía perdonarle el apoyo que daba a los obreros mientras estos le exculpaban del incumplimiento de sus promesas.  En aquellos momentos Cataluña era punta de lanza del dinamismo político español y la situación degeneró muy pronto en abierta oposición entre la Regencia y los barceloneses y cuya ciudad fue bombardeada por las tropas del gobierno en 1842.

Todo ello provocaría la caída de  Espartero pues fue la propia Barcelona la que ofreció el poder a los elementos moderados.  De este modo Cataluña salió desilusionada de la prueba: había creído poder dirigir la política española a través de una Junta Central y se encontró sitiada, vencida y amordazada por un permanente estado de guerra.  La única compensación fue que la burguesía tuvo las manos libres para industrializar la región.

El gran periodo moderado  (1844-1868) fue una época gris en el sentido político, bajo la nueva  Constitución de 1845 conservadora y censitaria.  Los gobiernos se fueron sucediendo bajo el mando unas veces visible y otras oculto del “espadón del moderantismo”: Ramón Narváez.

 El episodio de “La Vicalvarada” en 1854, de corte liberal entrañó la brusca aparición de las masas urbanas en  la escena política que al amparo progresista del movimiento democrático europeo de 1848, lo cual desencadenó una oleada de prosperidad a causa de la conjunción de diversos factores tales como  la guerra de Crimea y la aparición de movimientos obreros ámpliamente organizados. 
Así Cataluña asistió a la primera huelga general declarada por los trabajadores para arrancar del gobierno, donde DE NUEVO se hallaba ESPARTERO, el derecho de asociación (1855).  Andalucía y Castilla contemplaron extensas manifestaciones de campesinos debido a la terrible condición en que habían caído desde que la Iglesia hubiera perdido sus bienes y estos pasaran a manos de capitalistas sin escrúpulos.  Con todo, el gobierno de Espartero no pudo resistir ni las presiones de base ni las intrigas de las alturas …y se esfumó el bienio de la Vicalvarada. 

De nuevo la devoción liberal del Ejército facilitó una nueva apertura política intermedia entre progresistas y moderados en la que brilló el general Leopoldo O’Donnell frente a las desviaciones conservadoras de Narváez y su equipo.  En realidad se trataron de disputas fruto de un entretenido juego personalista en las que se dirimían ambiciones de bajo cuño estimuladas por la desgraciada intervención y sus consejeros en la vida política.  El balbuciente parlamentarismo español aún tenía que seguir contando con los caciques para hacer verosímil el supuesto palenque constitucional.

Durante aquella generación moderantista isabelina se garantizó un nuevo orden agrario con lo cual se duplicó la superficie cultivada si bien  ello no sirvió para mejorar el nivel de vida del campesinado, más bien se creó una creciente masa de proletariado agrícola.  Tampoco se pudieron aplicar en gran escala los sistemas de regadío en tierras de secano a falta de capitales inversores en tal menester, al igual comprometió  el porvenir de la red ferroviaria española. 

Sin embargo a esta época corresponden las primeras grandes iniciativas de una política hidráulica eficiente (Canal de Urgel, 1860).  La industria ligera e afirma en Cataluña siguiendo la estela de la textil  algodonera.  Se trata de una industria casi doméstica y dispersa pero llevada adelante con enormes sacrificios individuales e inquebrantable voluntad de triunfo.   El vapor se impone en todo el país provocando un tirón de la gente del campo hacia la ciudad y Barcelona  crece desordenadamente.  En cambio, la industria pesada se sitúan a lo largo de la costa cantábrica, Asturias y Vizcaya donde la abundancia de hulla y mineral de hierro, explican el funcionamiento de altos hornos y fundiciones de metal.

El país solo pedía al gobierno que se inmiscuyera lo menos posible en la vida económica, excepto para garantizar su futuro contra la competencia extranjera.
Se aprovechó el apaciguamiento de la discordias civiles para darle al país una nueva estructura administrativa donde se fijaron las bases de la hacienda, de la instrucción nacional y del orden público con la fundación en 1844 de la Guardia Civil para mantener el orden en el campo y en la ciudad, no solo contra bandoleros, criminales, contrabandistas y salteadores sino contra los campesinos sublevados por años de miseria y los obreros mediatizados por leoninas condiciones laborales.  Todo ello hizo eficaz a una organización provincial nacida en 1833 como instrumento de combate contra el carlismo.   El concepto de PROVINCIA resultó ser la quintaesencia del liberalismo centralizado y en ella se acabó de moldear la mentalidad del funcionario público, que en esta época no brillaba, precisamente, por su ilustración e integridad.

La eliminación de toda posibilidad de cambio a derecha o a izquierda, la corrupción administrativa y la frivolidad del trono redujeron al partido a unos cuantos hombres desgastados y a una escueta estructura burocrática.   Su caída fue provocada por un ejército, aun liberal, que también arrastró a la realeza , con la cual ni los mismos prohombres del grupo conservador, Cánovas del Castillo entre ellos, se avenían ya a tratar.   Pero el pronunciamiento de 1868 alcanzó un desarrollo mayor de lo previsto por sus cabezas tales como: Prim, Serrano y Topete.

El movimiento de la ESPAÑA CON HONRA, desembocó en un levantamiento revolucionario general que intentó una experiencia singular en la vida española del siglo  XIX, la de dar al país la posibilidad de gobernarse a sí mismo.

La primera experiencia democrática puso de relieve la BUENA VOLUNTAD DE UNA MINORIA Y LA INDISCIPLINA DEL PUEBLO,  sometido a presiones mucho más tremendas que las que requerían su intervención como simple coeficiente en la vida pública a través del sufragio universal.

De nuevo el carlismo rebrotó  en Navarra y Cataluña como herencia directa de la insatisfacción del campesinado católico del norte.  Los gobernantes de turno tuvieron que luchar con el AMBIENTE DE ESCISIÓN (de bandería) que machacaba toda acción conjunta, contra la PEREZA MENTAL DE LA BUROCRACIA Y CON EL INFANTILISMO MISTICO DE LAS NUEVAS IDEOLOGÍAS CRECIDAS AL CALOR DE UNA INESPERADA LIBERTAD.

 En pocos años el federalismo  se adueñó de la costa mediterránea y andaluza, mientras el extremismo obrero  latía al reflejo de la Primera Internacional.  A la sombra de la doctrina de Proudhon y Bakunin a través de las obras de Pi y Margall , esta corriente encontró adeptos entre los braceros andaluces y obreros catalanes.
Del Gobierno  Provisional de Juan Prim a la monarquía de Amadeo de Saboya   (1871-1873) el país conoció un vértigo político digno de su exaltación y de los problemas que sufría, sobre todo el agrario y el obrero.  Las soluciones se agotaron enseguida hasta desembocar en un frenesí cantonalista contramarca del foralismo carlista.
Tras  tan manifiestas divergencias,  inmersos en plena guerra civil tanto en la península cómo en Cuba, sólo fue posible arbitrar una fórmula que hiciera un estado viable y capaz de cobijar imparcialmente a todos los españoles: el de una monarquía legítima ampliamente constitucional.  Esta fue la idea que preconizó  Antonio Cánovas del Castillo y que impuso, tras la liquidación de la República por el golpe de Estado de Pavía (1874), la restauración de los Borbones en la persona de Alfonso XII.

  Esta Restauración se trató básicamente de UN ACTO DE CONFIANZA, o de fe,  en la convivencia hispánica. CANOVAS quiso hacer un Estado legal respaldado por las fuerzas vivas del país: propietarios agrícolas, industriales y burgueses y por un ejército sin veleidades de pronunciamientos.   Por tanto su política fue conservadora sin más concesiones que las necesarias para dar al juego parlamentario una vertebración dialéctica activa. El hecho que obtuviera la colaboración del antiguo jefe liberal, P. Mateo Sagasta, para establecer un turno pacífico en el poder, acredita su sagacidad de estadista.

LA RESTAURACION  prestó un decidido impulso al equipamiento industrial.  Partiendo de la legislación librecambista de 1869 impuesta por el ministro Figuerola, el país salió del atolladero al que había sido conducido por el proteccionismo de la década anterior abriendo las riquezas minerales de la Península a la voracidad de las finanzas extranjeras.  Cobre, plomo y hierro fueron embarcados con destino a Francia, Inglaterra y Bélgica.   De esta manera se hizo frente a la instalación de nuevos ferrocarriles, al desarrollo de los servicios públicos, a la ampliación de la industria textil catalana y a la creación y expansión del complejo industrial y financiero de Vizcaya.  Gracias a los beneficios obtenidos con la venta de hierro los vascos en  20 años subieron al primer puesto hispano de la industria pesada, el transporte marítimo y la banca.  Por su parte la potencialidad financiera catalana quedó plasmada en la Exposición Internacional de 1888 y el desbordamiento de Barcelona fuera de sus muros medievales. 

LA SUPERESTRUCTURA GENERAL ESPAÑOLA PRECONIZADA POR CÁNOVAS, QUEDÓ MINADA POR SU BASE, LA DE LA ESCASÍSIMA CAPACIDAD DE CONSUMO DE LA MASA AGRARIA.  Contra esta barrera también se estrellaron los esfuerzos del Fomento del Trabajo Nacional de Barcelona así como los desinteresados proyectos de unos cuantos intelectuales como el de un tal JOAQUIN COSTA.  El campo introdujo una fatal cuña en el seno de la vida económica española. 
Con o sin sufragio un pueblo de esquilmados agricultores en lugar de interesarse por la cosa pública tenía que preocuparse más en obtener mayores retribuciones para su trabajo concentrando todos sus esfuerzos en una lucha directa, estéril y agotadora. Se trataba de una primaria organización tribal por completo ajena a las grandes exigencias nacionales, insegura y pronta a levantarse al lado del primer agente provocador o   propagandista subversivo. 

EL ACTIVISMO INTELECTUAL  ESPAÑOL  FLORECIO bajo la reposada capa de la Restauración.   Aparecieron grupos que no se sentían satisfechos con España tal y como era, no solo en el aspecto político, sino en su esencia histórica y en sus relaciones con la cultura europea.
1 -  Uno de estos grupos fue EL EQUIPO DE LA INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA, fundada por Giner de los Ríos y otros discípulos y admiradores de Sanz del Río, quien había introducido en España la filosofía de Krause.   (Servidora,  mestiza de ascendencia proletaria y rural mediterranea, tuvo la fortuna de ser educada  en una escuela  enraizada dicha  primera Institución Libre de Enseñanza, bajo uniforme británico y evidentemente privado, a mediados del siglo siguiente (XX)  pero que perseguía los mismos principios e ideales de su alma mater educativa en un marco de libertad.
  Es  decir sin cantar caras al sol, ni puños en alto, sin tocas ni sotanas, ni demás zarandajas propias de las escuelas públicas y religiosas de mediados del siglo XX. http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/educacion/2016-12-31/historia-british-council-colegio-britanico-madrid-walter-starkie-franquismo_1309642/  Al fin y al cabo la lotería de la vida a veces se muestra generosa con alguno de sus bichejos y parece ser que me vino a tocar  una porción de la susodicha  durante los primeros tres lustros de mi existencia.  Desde entonces sentiría el peso de la seria responsabilidad de “estirar” sus beneficios y compartirlos lo más posible dentro de mis escasas  posibilidades genéticas   y aún peores circunstancias sociales de 1948. Afortunadamente la  llegada de la vejez me ha liberado de dicha carga y ello es de agradecer.)

Antitradicionalista y europeizante la  “intelligentsia krausista” preparó la intelectualidad española insatisfecha del siglo XX, deseosa de nuevos horizontes científicos, de incorporarse a Europa, para ello España debía rehacerse no según la tradición católica, sino con las líneas apenas esbozadas de un pasado singular y que volcó sobre Castilla el aluvión de novedades, en particular germánicas, que renovaron y revolucionaron las cátedras universitarias. 

2 - Otro grupo intelectual fue el catalanista, heredero del provincialismo del siglo XVIII y del espíritu literario de las promociones románticas y del desastre moral del federalismo y del carlismo.  El catalanismo no negó a España en cuanto a realización histórica pero negó la interpretación que de esta historia había dado el liberalismo centralizador, el ajuste de la marcha del país al ritmo de Castilla y las consecuencias políticas y económicas que se desprendían de tales hechos.  Desde sus primeros años se trató de un movimiento de juvenil optimismo expresado según una mentalidad e idioma distintos al castellano, pero no por ello menos necesariamente hispánico.
3 – Otra fuente de activismo la constituyó el movimiento proletario acaecido como irradiación de la corriente socialista general europea con las variantes propias de las circunstancias y de la idiosincrasia de las masas obreras españolas. (Me parece que mi progenitor debió  simpatizar con esta corriente).  Se fundaría en Barcelona la Federación Regional Española de la Internacional (1870) de declarada tendencia anarquista.  Esta corriente se difundió por Valencia, Murcia y Andalucía mientras que el grupo madrileño se orientaba hacia la posición autoritaria marxista.

DISUELTA “LA INTERNACIONAL”  en 1874, este grupo engendró sucesivamente al Partido Socialista Obrero Español (1879) y a la UNIÓN GENERAL DE TRABAJADORES (1888) Su organizador fue un tal Pablo Iglesias.   El socialismo obtuvo más seguidores en la cornisa cantábrica mientras que en Cataluña, Valencia y Andalucía prevalecía el ideal sindicalista, pero sobre él se sobrepusieron grupos de anarquistas de  diversas procedencias dispuestos a liquidar el mundo burgués mediante actos de violencia personal.  Entre 1892 y 1897 Barcelona fue teatro de una endémica manifestación terrorista, que mucho antes de la guerra callejera de 1917 a 1922 le dieron triste fama en los anales de la subversión mundial.  Esta expansión anarquista le costó la vida a Don Antonio Cánovas, el primero de los presidentes del Consejo que había de ser inmolado en aras de la batalla social.



20 - LA CRISIS DEL SIGLO XX hasta 1934.

Durante la primera mitad del siglo XX, España fue sacudida por una profunda crisis, versión regional de la crisis general europea de la centuria, si bien hay algunas facetas del proceso que afectan exclusivamente a la vida española. Así tenemos que el desasosiego español se manifestó mucho antes que el europeo (imagino que debido a la convivencia durante tantos siglos entre tanta diversidad) en plena época del dorado y prosaico fin de siglo.  Aunque muchos indicios apuntaban hacia un hondo cambio espiritual, este cristalizó al amparo de la derrota experimentada por España ante los Estados Unidos en 1898. 

Cuando el frívolo optimismo oficial y el fácil patriotismo callejero dejaron paso a una consternación universal, que para unos significó un simple rellano para otra etapa intrascendente y para otros trocó en sentimiento de humillación y vergüenza que se traduciría en jurada voluntad de cambio, bien por los caminos de la exaltación nacionalista, bien por los del internacionalismo revolucionario.  Ambos grupos estaban de acuerdo en que el gobierno, la sociedad, la vida cursi y boba, el engaño, la rutina y la pereza, no podían seguir sin provocar la extinción de una España que no les gustaba tal como era y era preciso europeizarla a toda costa; si bien existían divergencia de miras entre los “periféricos” catalanes  y  los castellanos. 
El impacto de esta inquieta mentalidad en la masa española suscitó una recuperación literaria e intelectual de primer orden que no cedió a lo largo de los decenios sucesivos pero contenía ideas explosivas capaces de hacer saltar al país en pedazos que sólo trascenderían a la política hacia 1917, tras una digna elaboración filosófica e histórica.

En el ápice de la polémica intelectual y del juego político se llegó a posiciones especulativas abocadas al mutuo separatismo ideológico que no dejaron de ser APROVECHADAS POR LOS CAPTADORES DE FÁCILES ENTUSIASMOS.  La estricta realidad de los hechos revela, dentro de la corriente nacionalista mencionada anteriormente, una intervención catalana en la vida científica, social y económica de España superior a cualquiera de la que tuvieron en el pasado. En el fondo de este asunto se debatió no solo la posibilidad de admitir una cultura autóctona y auténtica como representativa de una modalidad de lo hispánico, sino también la posibilidad de dar al Estado una estructura eficiente y moderna, cuyos dirigentes, en lugar de politiquear, lo abocaran a la solución de más urgentes y dramáticos problemas del país.  Para cohonestar ambas tendencias los autonomistas catalanes solicitaban un régimen de autonomía.

Su propuesta fue “envidriada” por anquilosadas concepciones y por el temor de que iba a producirse el cuarteamiento del Estado Español surgido del Renacimiento o bien el declive de la misión histórica de Castilla como entidad nacional fundadora del mismo.
El tercer problema fue el religioso.  El liberalismo aristocrático y burgués decimonónico había sido regalista y moderadamente laico; su gran objetivo consistió en eliminar a las Órdenes Religiosas y proceder a la adquisición de sus bienes.  Pero  al mismo tiempo, la Iglesia secular debía ser defendida y protegida por el mismo Estado (Constitución de 1845, Concordato de 1851). Mientras tanto las corrientes democráticas, republicanas y federales predicaron no sólo un anticlericalismo general, sino también y por primera vez en España, una actitud atea.  La escisión que se produjo en el seno del país en 1869 cuando se discutió la cuestión de la unidad católica de España debió repercutir hondamente en el futuro.  Desde 1868, la propaganda antirreligiosa abrió anchos boquetes en el antiguo bloque católico español, sobre todo en las zonas industriales y proletarizadas.   La reacción de la Iglesia fue bastante débil  salvo  el grupo de apologetas dirigidos por Balmes.  Al final tan sólo la personalidad de Menéndez y Pelayo se elevó sobre la vulgaridad para defender la raíz católica de la vida hispánica.

Pese a lo ocurrido en los años de Restauración los gobernantes de principios de siglo  abrieron la mano a la Iglesia mediante la difusión de la enseñanza por antiguas y nuevas congregaciones religiosas.  Un nuevo factor a señalar es el de la vinculación regionalista de gran parte del clero periférico, impulso que suscitó una poderosa corriente de recuperación religiosa.  De focos locales como Cataluña, Valencia, Asturias y País Vasco partió una oleada de restauración litúrgica que halló nuevos arrimaderos  de fervor popular, sobre todo entre la nobleza, la burguesía y las clases medias.

El choque con la primera oleada anticlerical del siglo  se desencadenó en 1901 a remolque de las campañas  francesas y portuguesas.  La demagogia desbordó su cascada sobre las masas proletarizadas  preparó su ruptura con la Iglesia, acusada de ser instrumento de la burguesía y de los propietarios contra sus reivindicaciones de clase.
 Esta psicología de defraudación puede explicar los atentados contra los templos de la reciente historia española a partir de la Semana Trágica barcelonesa de 1909.   Sin embargo la Iglesia no abandonó el camino que se había trazado: la reconquista de la sociedad por las vías de la educación.

En 1917, año de crisis general en las relaciones laborales, el movimiento obrero católico fue sacrificado y dejado a su suerte.   La actitud de las clases conservadoras respecto a las reivindicaciones obreras fue más intransigente en España que en otros  países europeos a causa de la presencia de un movimiento anarquista desbordante y demoledor.   Todavía está por aclararse el “eterno dilema” si el anarquismo se desarrolló a consecuencia de la falta de visión y dureza del patronato español, o bien si este adoptó su posición de fuerte resistencia ante la tendencia del sindicalismo anarquista a la acción subversiva o declaradamente revolucionaria.  En todo caso, mientras burguesía y gobiernos llegaron a poder negociar con la U.G.T. , socialista, en la vida política y municipal española, el sindicalismo anarquista fue inmanejable.
Conviene distinguir dos corrientes en dicho anarquismo: (1) el SINDICALISMO PURO, de imitación francesa, apolítico y partidario de la acción directa, que se organiza en Barcelona desde 1901 que daría lugar a  C.N.T. en 1918  entre diversas confederaciones obreras. Y  (2)  EL ANARQUISMO MILITANTE , corriente decaída tras el fracaso del terrorismo individualista de fines de siglo pero que poco a poco fue adueñándose del sindicalismo laboral hasta someterlo, a partir de 1909, a sus ideales de revolución social, cataclísmica y definitiva.    Así se fue concretando el anarcosindicalismo, cuya simbiosis hicieron indestructibles las luchas callejeras barcelonesas entre 1919 y 1923, donde sindicalistas, anarquistas teóricos, profesionales del terrorismo, y pistoleros se mezclaron en uno de los conjuntos subversivos más explosivos, y todavía menos estudiados, del complejo social europeo surgido de la primera guerra mundial o de 1914.  Gente dispuesta a arrebatar el poder de manos de la burguesía  y de sus fuerzas coactivas, a aniquilar el Estado en un gran empujón revolucionario y a iniciar una vida de propiedad colectivizada en el seno de municipios libres, de economía agraria y patriarcal.  UNA UTOPÍA DESMADEJADA, SIN PARANGÓN POSIBLE ENEL MUNDO, PURA REACCIÓN DEL CAMPESINO ANALFABETO TRANSFORMADO EN OBRERO MECANIZADO DE UNA EMPRESA URBANA.

El rasgo hispánico de las crisis agrarias  continua a principios del siglo XX fue un problema orillado por los gobiernos de partidos que se turnaban en el poder y seleccionados por los grandes propietarios,  y por la Primera Guerra Mundial cuyas demandas de productos del campo y materias primas ofrecieron una solución momentánea con sus demandas, si bien la caída de precios y el desempleo subsiguiente agravaron el ya inquietante horizonte del campo español.
Las demás facetas de la crisis hispánica son idénticas a las europeas generales, tales como la diversidad de miras entre dirigismo y libertad económicos, entre autoritarismo y democracia, entre propiedad privada y colectivización  de los medios de producción, entre concepción humanista y concepción materialista de la vida.  Pero dado el temperamento hispano y la entidad de los problemas aludidos SE DESARROLLARON EN SUELO PENINSULAR CON UNA VIOLENCIA EXTREMA .
Hasta 1936 se intentaron tres soluciones para vencer las dificultades con que tropezaba la organización de la sociedad española.  La primera bajo el reinado de Alfonso XIII (1902-1931) con la aplicación correcta del régimen parlamentario tal y como se representaba en la Constitución de 1876 y como Cánovas, su autor, no  había querido desarrollarlo.  El artífice de esta política fue Antonio Maura cuya gran idea consistió en la reforma de la administración local con intención de descuajar el caciquismo en Castilla y dar cabida a los deseos autonomistas en Cataluña, pero la EXPLOSIÓN OBRERISTA  DE 1909 EN BARCELONA, PRESENTIDA DESDE 1901, PERO NO EVITADA POR QUIENES CONSIDERABAN EL PROBLEMA OBRERO BAJO UNA ÓPTICA DE ORDEN PÚBLICO, determinó el FRACASO DE LA POLÍTICA DE MAURA.  Una política de izquierda, preconizada por José Canalejas, representó algunos avances por un espacio limitado de tiempo.  Su asesinato y la declaración de la Primera Guerra Muncial cancelaron aquella esperanzadora experiencia reformista. 
Pese a que España se mantuvo neutral durante la guerra del catorce, esta provocó el desquiciamiento de una sociedad decimonónica.  El doble chorro que se inyectaba desde los campos de batalla de Europa tales como dinero para abastos e ideas para mantener la fe en la lucha, alentó el proceso de transformación de la sociedad española.
Incluso el EJÉRCITO experimentó el impacto subversivo y en su seno se constituyeron las JUNTAS DE DEFENSA.  Sus actos y proclamas contribuyeron a demoler los principios en que se basaban los gobiernos parlamentarios atosigados por las reivindicaciones políticas, sociales y autonomistas.  En 1917 esta situación hizo crisis y la huelga obrera de aquel año fue sofocada por el Ejército y la burguesía catalana, que acaudillaba un movimiento de renovación política y que se dejó arrastrar por las APETITOSAS ALAMEDAS DEL PODER.

Durante la crisis de 1917, con años de exasperación insolidaria e invertebrada, cada porción dela sociedad buscó soluciones drásticas tales como las del SINDICALISMO OBRERO ENTREGÁNDOSE A UNA CIEGA LUCHA EN LAS CALLES, LUGAR TAMBIÉN  ELEGIDO  POR LOS ELEMENTOS MÁS REACCIONARIOS DE LA BURGUESÍA , ESPECIALIZADOS EN LLAMAR AL EJÉRCITO EN SU AUXILIO.

Así nos encontramos con el REGIONALISMO CATALAN que había recibido una primera estructura política en la Mancomunidad de Cataluña (1913), reclamando un texto legal definitivo en sus campañas de autodeterminación, derivadas del presidente Wilson y el RADICALISMO CASTELLANO, acechando a la menor ocasión para echarse sobre cualquier gobierno. Y TODOS A CORO, EXCLAMANDO QUE DEBÍA BUSCARSE UNA NUEVA SOLUCIÓN POLÍTICA. 
Contrariamente a las previsiones de muchos, la solución fue el establecimiento de una DICTADURA por el general  Primo de Rivera en 1923.  Se derogó la Constitución de  1876  y quedó roto el mismo principio de legitimidad de la corona.  Pero en aquellas circunstancias: terrorismo, campañas coloniales desfavorables, disgregación del Estado.  Tanto monarca como ejército creyeron que debían intervenir y reorganizar la vida del país.

Se trataba de un momento propicio para intentarlo pues el Occidente europeo se reorganizaba en el sentido conservador y Mussolini ya había dado su golpe sobre Roma.  Primo de Rivera aplicó un sistema de gobierno paternalista puramente defensivo que vivió lo que duró la oleada de prosperidad general tras la Primera Guerra Mundial del 14.  La CRISIS ECONÓMICA DE 1929 LE ALEJARÍA DEL PODER.  Su caída reveló la inmensidad de su fracaso, pues casi todo estaba por hacer y los problemas sociales se habían enconado aún más  a causa de su persistencia y unidos a la OLEADA DE RADICALISMOS QUE LA GRAN CRISIS SUSCITABA EN TODA EUROPA.

LA MÍSTICA DELA REFORMA REVOLUCIONARIA, generalizada en buena parte del pueblo en 1931 dio vida  a la TERCERA SOLUCIÓN: LA SEGUNDA REPÚBLICA.  Llevada al poder gracias a un inicial movimiento de entusiasmo popular, preconizó un Estado democrático, regionalista, laico y  abierto a amplias reformas sociales.   Se trataba de un  sistema conveniente a una burguesía de izquierdas, a una clase media liberal y de menestralía, que eran PRECISAMENTE LAS FUERZAS “MENOS VIVAS” DEL PANORAMA ESPAÑOL DE LA ÉPOCA, EXCEPTO EN ALGUNOS TERRITORIOS PERIFÉRICOS COMO CATALUÑA.

El camino de la República fue totalmente OBSTACULIZADO por las presiones de los OBREROS SINDICALISTAS (sindicalistas de la C.N.T. inducidos por la mística de la Tercera Revolución y por los socialistas de la U.G.T. inducidos por el revolucionarismo marxista) así como por la REACCION DE LOS GRANDES LATIFUNDISTAS  (Sublevación de Sanjurjo en 1932), así como por  los CATÓLICOS que se sentían amenazados en sus conciencias.  El conjunto de todos ellos contribuyeron a hostilizar y MINAR LA SEGUNDA REPÚBLICA.

Sobre estos profundos desgarrones en la piel de toro hispánica, no cayó otro bálsamo que el de LA APOLOGÍA DE LA VIOLENCIA, aprendida de la Alemania de Hitler, de la Italia de Mussolini, de la Austria de Dollfuss, de la Rusia de Stalin e incluso de la Francia de febrero de 1934.  EUROPA SE ECVHÓ SOBRE ESPAÑA, ENTURBIÓ SUS OJOS Y LA PRECVIPITÓ HACIA LA TREMENDA CRISIS DE OCTUBRE DE 1934 EN CATALUÑA Y ASTURIAS.  De todo ello saldría con una MENTALIDAD REVOLUCIONARIA TANTO EN LA IZQUIERDA COMO EN LA DERECHA Y DE LA MISMA MANERA EN QUE MUCHAS GOTAS DE AGUA FORMAN UN TORRENTE, LOS HISPANOS SE DEJARON ARRASTRAR HACIA EL DRAMÁTICO TORBELLINO DE JULIO DE 1936.




  
Producto del cual es mi generación, ya anciana y  aparcada como inútil por sus descendientes por tal motivo, al margen de género, lo cual  también influye en algunos casos bastante negativamente. Siento mucho que tantos descendientes ignoren la carga histórica que portan sus genes por el simple e inmaduro factor  de confundir  sus deseos con los  hechos  que su  perezosa ceguera va a decantar en el futuro. 
Con la sana voluntad de transmitir,  como eslabón de una cadena helicoidal sociocultural,  he copiado el presente texto que aparece dividido en el blog del Otoño casi Invierno y de un tirón en el blog del Brasero de Invierno. Se trata de un resumen  180 páginas en 43 intentando no perder el hilo ni la narrativa de los hechos expuestos por D. VICENTE VIVENS VIVES en su  libro: APROXIMACIÓN A LA HISTORIA DE ESPAÑA, escrito ocho años antes de su fallecimiento en 1960.



lunes, 13 de noviembre de 2017

APROXIMACIÓN A LA HISTORIA DE ESPAÑA de Vicens Vives. Capítulos 17 y 18.

17 - EL VUELCO HISPÁNICO Y LA QUIEBRA DE LA POLÍTICA DE LOS AUSTRIAS

En el primer decenio del siglo XVII se vislumbran síntomas de gravísima crisis en el seno de la monarquía hispánica.  La actividad económica retrocede en todas partes, incluso en el comercio con América, hasta entonces tan próspero.  Las ciudades se despueblan y los telares enmudecen; sólo Madrid se agiganta con la inmigración de pícaros y miserables.  El hambre procede del Sur y la peste del Norte y ambos enloquecen una humanidad demasiado castigada por los implacables azotes del destino.
En las letras enmudece el reposado verbo humanista y la aparición del QUIJOTE señala el desgarro de la conciencia del escritor entre la realidad del presente y la retórica del pasado.  Ante aquel desastre, el gobierno recurre a la grave medida de la devaluación monetaria, practicada a expensas del país.  Con ella se inicia un siglo de aventura financiera que acabará con el colapso de 1680. Ante dicho horizonte los copartícipes en la empresa hispánica de Castilla empiezan a preguntarse hasta dónde han ido y si es posible continuar.   Los portugueses viven a la expectativa puesto que se han enquistado en los puestos de mando del Imperio en América y en los lugares de provecho económico en Madrid pero les duele la pérdida de la Insulindia. 
En Cataluña se sale del amodorramiento del siglo XVI  dividida por el bandolerismo y no halla en la Corte ningún alivio a sus preocupaciones.   Se susurra que el rey es “castellano”, que va a poner “orden” en la tierra destruyendo su gobierno pactista, y en adelante vendrían  obispos, abades,  virreyes y militares para sojuzgar el  lugar y preparar una explosión popular que justifique su conquista.  Mientras tanto Andalucía, Aragón, la costa cantábrica y Galicia languidecen.  Los pueblos hispánicos  entran en el período de contracción del siglo XVII con una elemental pesimista: la misma de Felipe III y sus validos.  Hay que cerrar filas y aguardar tiempos mejores.
En 1621 una nueva generación, la de Felipe IV (1621-1665) y el conde-duque de Olivares.  Continua  entre el poder andaluz y su grandeza latifundista, pero el nuevo valido es un hombre eufórico y vital que dio un rumbo distinto a la política de la monarquía sustituyendo el pesimismo faraónico del duque de Lerma por un dinamismo imperialista, como si fuera capaz de desviar el inevitable rumbo de los acontecimientos.

  (Algo que se demuestra  a lo largo de la historia es la falta de realismo y  lo ciegos que se encuentran algunas personas cuando alcanzan el poder  apoyándose en quicios desvencijados  por el paso de un tiempo ya pasado. Al fin y a la postre solo se trata de seres  humanos con un carácter teñido por las condiciones y circunstancias de  tierra e historia donde nacieron.)

La primera medida consistió en sujetar los organismos burocráticos a su omnipotente voluntad.  Los Consejos, depurados y atemorizados se le sometieron incondicionalmente.  Don ello se frustró el equilibrio administrativo ideado por los Reyes Católicos para conjugar el autoritarismo real con el interés de los cuerpos privilegiados de la nación. 
Este importante se basó en la centralización del poder en una sola mano, fue seguido por otro  no menos decisivo: el de forzar, de nuevo,  a los territorios autónomos de la monarquía a marchar al compás de la política desplegada por el gobierno de Castilla, quedando clara la intención considerada como obligación “del valido Olivares” no solo de rehacer la economía de Castilla sino de ordenar la hacienda del Estado y salvar al Imperio americano del desastre.  Consideraba todo esto preferible a meterse en los incómodos conflictos  europeos donde le aguardaban la potencialidad de Francia y Holanda.    Sin embargo, con el oro reunido en Andalucía para practicar la anterior política, costeó las operaciones militares de la guerra de los Treinta años, liquidando, así, en Europa el futuro de  Imperio americano.  (Desastre naval de Matanzas, Cuba, en 1628, Las Dunas, 1639, Rocroi 1643, incluso los piratas de La Tortuga se atrevían a enfrentarse al antiguo coloso de los mares.)  La llegada del tesoro americano será cada vez más aleatoria y la flota de Indias no podrá cruzar el Atlántico en el crucial año de 1639.

El conde-duque procuró la inevitable participación de los hombres de la periferia hispana en la colonización americana, pero sus intentos se vieron frustrados desde el principio ya que en 1622 se produjo una viva polémica en Barcelona respecto a los límites de la autoridad real al reclamo del  tono amenazador de su aplicación así como los oblicuos caminos que siguió para reducir a Portugal y Aragón a la dictadura gubernamental cuando,  cuando, si bien ni Portugal ni Cataluña habían experimentado la sangría económica y biológica de los castellanos, tampoco habían obtenido las colosales compensaciones otorgadas a Castilla a través de la explotación del continente americano ni tampoco su primacía cultural y política.   Resulta de buena lógica que al sentir en sus carnes el trallazo del conde-duque, quien sólo les ofrecía participar en las responsabilidades, mas no en los beneficios de las futuras y quiméricas empresas, se parapetaran, recelosos, tras los sólidos muros de la legislación autonómica fernandina.

Estos enfrentamientos entre PODER CENTRAL Y TERRITORIOS PERIFÉRICOS, podría haber derivado en algún tipo de compromiso más o menos satisfactorio si la intervención de Francia en la Guerra de los Treinta Años y su declaración de guerra a España en 1635 no  hubieran abierto rápidamente la brecha de la desunión política hispánica.   Esta escisión de marcado carácter tradicionalista en Cataluña fue precedida por dos fenómenos que conviene considerar para formarse idea del complejo mental de aquella coyuntura:
EL PRIMERO fue el desarrollo de la propaganda austracista fomentada en Madrid por el oro del de Olivares, el cual incluso al mismo borde de su ruina, clamaba por la universalidad de la Monarquía Hispánica rubricada por un infantil altanerismo subversivo.  EL SEGUNDO  consistía en la profunda inquietud general entre los campesinos de toda España y que en Cataluña provocó movimientos de violenta desesperación  (1639 y 1640) a causa de los inevitables choques con las tropas mercenarias y sobre todo a causa de la peligrosísima actitud del gobierno central dispuesto a que estallara aquel polvorín con la esperanza de recoger el poder absoluto una vez hubiera saltado el país en mil pedazos.

Aún se habría podido limitar aquel levantamiento popular si el conde-duque no hubiera aprovechado dicho momento para realizar su programa en Cataluña al tiempo que, a la vista de los hechos,  Francia no hubiera decidido aprovecharse de lleno de dicha coyuntura.    De este modo reverdeció la lucha de lo que en el CUATROCIENTOS  había escindido las presiones castellanas y las ambiciones francesas.  Al tiempo, Portugal se declaraba en rebeldía y elegía su propio soberano en el seno de la familia de los Braganza (1640).
Tras veintidós años de jactanciosa prepotencia y ante el fatal desenlace de su experiencia política, en 1642 el conde-duque de Olivares fue exonerado de la privanza.
Mientras, en los campos de batalla de Europa, el ejército español, mal equipado, iba  dejando a jirones las glorias de su bandera (Rocroi:  1643, Lens: 1648, Las Dunas:1658).  Portugal lograba consolidar su independencia (1668) y Cataluña obtenía el reconocimiento de sus libertades peculiares (1653).

Castilla, agotada, caía en un siniestro pesimismo mientras  Cataluña,, por reacción al programa del conde-duque, se aferraba desesperadamente a un orden legal que sentía como seguridad política pero que  le suponía un anquilosamiento dentro de una estructura económica y social ya finalizada.
Todo lo anterior impresionó tan vivamente a la Corte y sus órganos que durante el reinado de Carolos II, el doliente, la doctrina oficial fue respetar a fondo los privilegios de los territorios y de los individuos, incluidos los americanos.  Este NEOFORALISMO COINCIDIRÍA, paradójicamente, con el DESARROLLO DE VIVOS INTERESES ECONOMICOS Y de REITERADAS PETICIONES DE REFORMISMO DE LA ADMINISTRACIÓN DE LA MONARQUÍA.  La efervescencia catalana harta por los mezquinos resultados gubernamentales tales como la pérdida del Rosellón y parte de la Cerdeña debido al tratado de paz de los Pirineos (1659), apoyó en 1669 el primer golpe de Estado que en la Edad Moderna partió de la periferia de la península para reformar la administración y la política de la monarquía: el de Juan José de Austría, pero ni las circunstancias ni los personajes permitieron recoger dicho deseo de renovación que se esterilizó en un frívolo mesianismo. 

Por todo lo anterior, España, juguete en la política internacional de los ejércitos y en la vida económica de los mercaderes de Luis XVI, se convirtió en presa fácil para la absorbente ambición de Versalles.  A lo largo del reinado de Carlos II (1665-1700) se fueron perdiendo posesiones: el Artois, el Franco Condado, las grandes plazas que defendían la frontera de Flandes…. Pero lo más grave no fueron estos reveses, sino la absoluta pérdida de prestigio.  Todos podían a España, no solo en el campo de batalla, sino en las actividades económicas hasta el punto de convertir al país en mera colonia de las grandes potencias europeas. 
Se advertía que el aparato estatal español se encontraba muy por debajo de sus posibilidades aunque cien años de frivolidad gubernamental hubiesen extendido la corrupción y el egoísmo en las distintas clases sociales.  En esta nueva estela de sufrimientos Cataluña  fue el principal teatro de operaciones en las guerras liberadas contra Francia pero aceptó su responsabilidad hispánica en aras de un oficioso amor a la dinastía reinante centrado en la personalidad del doliente Carlos II.
Ante la falta de sucesión de Carlos II y la impotencia del estado para mantener sus posesiones claves en Europa, tales como Flandes y el Milanesado, Europa decidió proceder a una desmembración de la monarquía española.  Francia y Austria apetecían para sí la fabulosa herencia hispana mientras que Inglaterra y Holanda deseaban evitar a toda costa una aplastante hegemonía continental en manos de dichas potencias continentales.
Por tanto las rencillas internacionales lanzaron a España a una larga guerra de sucesión.  Así Felipe V se presentaba ante los catalanes como celoso amante de sus libertades , pero las dificultades creadas por dicha guerra fomentaron  el deseo legitimista de unos catalanes y el deseo de desquite de otros (debido a la situación creada en 1660); todo ello sumado a las eternas inquietudes sociales entre los campesinos y los artesanos. 

En 1705 una afortunada conjura preparada por Inglaterra libró a la ciudad de Barcelona de los Austracistas  pese a que los catalanes lucharon obstinadamente para defender su criterio pluralista en la ordenación de la monarquía española, sin aún darse cuenta que era precisamente el sistema que había presidido la agonía de los últimos Austrias y que se necesitaría un amplio margen de reformas en las leyes y fueros tradicionales del país, para que este se enderezara.    En todo caso, ni la actitud de Cataluña fue unánime, ni el gobierno establecido por el Archiduque en Barcelona demostró hallarse a la altura de la tarea que le incumbía en una futura España.  Por el contrario, se perpetuaron los vicios y defectos de la administración anterior, haciendo imposible la organización sistemática de los recursos de la Corona de Aragón.  Sin la ayuda extrajera, aquel gobierno habría entrado en colapso en cuestión de meses…. Pero los catalanes que seguían al Archiduque creían de buena fe y estaban convencidos que defendían, no solo un puñado de privilegios, sino la causa de España.
Mientras tanto CASTILLA, con un impulso popular muy  receloso ante la presencia de un Borbón y de ministros franceses en Madrid acabaría abrazando la causa de Felipe V. Sin embargo EN UNA DE ESAS SACUDIDAS INEXPLICABLES DE SU HISTORIA, acabaría convirtiéndose en el más firme puntal de la dinastía borbónica cuando Luis XIV se vio obligado a mendigar la paz ante la victoriosa coalición enemiga.  Es posible que en dicho cambio influyera la acción de una eficaz propaganda dirigida no sólo contra el Archiduque sino contra los catalanes, a quienes se atribuían tenebrosos propósitos de avasallamiento de Castilla. 

EN RESUMEN: EL EJÉRCITO FRANCOCASTELLANO SE IMPUSO AL ANGLOAUSTROCATALÁN EN BRIHUEGA EN 1710. Cuatro años más tarde, Barcelona se rendía a las tropas de Felipe V y España quedaba llana como la palma de la mano para aplicar una política objetiva y realista  …. Y ya vamos por 1714, pero a la mística del foralismo sucedió la mística de la centralización a todo trance, no solo administrativa, sino incluso mental…. Y EN ESTA EMPRESA TAMBIÉN FRACASARÍA LA DINASTÍA BORBÓNICA Y SUS COLABORADORES.




18 - EL REFORMISMO BORBÓNICO
Durante un siglo, de 1700 a 1808, la nueva dinastía borbónica llevó a cabo una serie de hondas reformas.  Algunas venían impuestas por la liquidación del régimen austracista; otras respondieron al arbitrismo ministerial estimulado por el ejemplo europeo en la época del Despotismo Ilustrado, las más tendieron a resolver acuciantes problemas domésticos suscitados por la recuperación de la vitalidad española vista en el aumento de población y en el auge de las actividades comerciales y manufactureras.  En conjunto, el reformismo borbónico tuvo éxito en cuanto rehízo la potencialidad de España en Europa y América, pero encauzó al Estado por vías de un rígido racionalismo CONTRARIO AL SENTIDO HISTÓRICO DE LOS HISPANO.  Por otra parte dichas reformas contribuyeron a suscitar nuevos problemas como el de la BURGUESÍA PERIFÉRICA, deseosa de expansionismo mercantil, y el del CAMPESINADO INTERNO, ávido de tierras para el cultivo.
Nuevos aires echaron por la borda del pasado el régimen de privilegios y fueros de la Corona de Aragón aunque conservaron los del País Vasco y Navarra, adeptos a la causa de Felipe V (1700-1746) y por tal causa fueron denominadas Provincias Exentas.  Sin embargo Cataluña quedó convertida en campo de experimentos administrativos unificados al objeto de que  se pagara al ejército de ocupación  encargado de vigilar el cobro del impuesto único.  La transformación  fue tan violenta que durante  quince años estuvo al borde de la ruina, pero luego resultó que el “desescombro”  de privilegios y fueros le benefició insospechadamente, no sólo porque  obligó a los catalanes a mirar hacia el porvenir sino que le ofreció las mismas posibilidades que a Castilla en el seno de la común monarquía.  Es en este período, aunque provenga de 1680, cuando se difunde el calificativo de LABORIOSO,  que  durante siglo y medio fue tópico de ritual al referirse a los catalanes.  Por entonces se desarrolló la cuarta gran etapa de colonización agrícola del país, cuyo símbolo fue el viñedo y cuyo resultado, el aguardiente, suscitó un activo comercio internacional beneficioso para todas las poblaciones de la costa.  En cuanto a la industria, lo decisivo fue la introducción de las manufacturas algodoneras, financiadas por los capitales sobrantes de la explotación agrícola y el auge mercantil.    Estos signos de revolución industrial se difunden por toda la periferia peninsular: Valencia, Málaga, Cádiz, La Coruña, Santander, Bilbao, resurgen vivamente.  Hacia 1760 las regiones del litoral superan a las del interior en población, recursos y nivel de vida.  El cambio de centro de gravedad económico es un hecho inevitable  quebrantando el monopolio andaluz sobre el comercio americano y liberalizándolo entre varios puertos españoles y americanos.  En un decenio decuplicaron las exportaciones y una riada de dinero permitió nuevas inversiones industriales y el lujo de una política exterior independiente basada en una eficaz flota de guerra. Todo ello resultó de una enjundia mucho mayor que cualquier medida legislativa ideada desde la época de Felipe II. 
Sin embargo, la Corte perseveró en su empeño de no ver las cosas más que a través de una ADMINISTRACIÓN  EN EXTREMO CELOSA DE SUS DERECHOS Y DE SUS PREBENDAS ASÍ COMO  DE LOS INTERESES DE LA ARISTOCTRACIA  ANDALUZA Y EXTREMEÑA, QUE CONTINUABA DETENTANDO EL PODER a través de los cuerpos administrativos y de sus ramificaciones en los organismos del Estado.  Contra dicha espiritualidad aristocrática, superficial y helada, el pueblo reaccionó de forma diversa en cada región.  Por un lado  el pueblo llano  dio luz al casticismo hispánico y se crea el marchamo de la ESPAÑA COSTUMBRISTA: los toros, el flamenquismo, la gitanería y el majismo.

Frente a este movimiento, “en las alturas” se desarrolla la polémica del pensamiento francés.  La filosofía de la Ilustración introdujo en España el concepto de la necesidad de una reforma educativa y social del país que le pusiera al nivel alcanzado por otras naciones en el aspecto económico, científico y técnico así como al espíritu de crítica hacia el legado religioso de
Los ministros que gobernaron en esa época procedían de la nobleza o clase acomodada eran en su mayor parte oriundos de la periferia (Ensenada, Campomanes, Jovellanos, Aranda, Floridablanca, los Galvez..) aplicaron sus esfuerzos en resolver el problema decisivo de la economía española, el de la agricultura meridional, entre ellos  proyectos de desvinculación de los mayorazgos, de desamortización eclesiástica y sobre todo el fin de los privilegios de la trashumancia de la poderosa Mesta.   
Sin embargo esa política no alcanzó las raíces del problema cuya solución exigía unos recursos económicos y una buena voluntad  demasiado alejados de las posibilidades españolas de la época: tales como los abusos señoriales aun persistentes, los latifundios baldíos y las “manos muertas”.  En Castilla no faltaba tierra para el ejército de 150.000 mendigos que pululaban por el país, pero los obstáculos resultaron insuperables e incluso las reformas propuestas por Jovellanos  en su “Informe sobre la Ley Agraria” no pasaron de ser un testimonio de previsor patriotismo.
En 1765 nadie desconocía que se vivía sobre un volcán con la posibilidad de un grave estallido de descontento popular, pues se había decretado la libertad del comercio de cereales que provocó el progreso de la agricultura pero que no consiguió abastecer debidamente a las urbes.  Al año siguiente, una cosecha corta incidió sobre el precio del cereal y levantó a las masas urbanas en Madrid y varias ciudades de Castilla y Aragón.
Los ministros ilustrados de Carlos III, hicieron recaer la culpa de la agitación popular en la Compañía de Jesús.  Esta fue expulsada de España y de América en 1767 y posteriormente suprimida por la Santa Sede. Con ello no se logró pacificar al país, pero sí terminar de modo ventajoso para los intereses de la monarquía en la lucha que esta mantenía contra el Papado en defensa de sus regalías, en otras palabras: la sumisión de la iglesia al estado.
Es evidente que  el reinado de Carlos III, paradigma del Despotismo Ilustrado en España, dio al país un tono de modernidad política y desahogo económico que habría alcanzado mayor desarrollo si el desencadenamiento de la revolución en Francia no hubiera motivado un viraje peligroso para la política interna española.  Así el ministro de Carlos IV, Godoy, solo conservó la omnipotencia ministerial y la dictadura de la administración sobre el país pero echó por la borda el programa reformista anterior y durante veinte años se incubó el espíritu revolucionario que habría de estallar en 1808 con motivo de la crisis de la monarquía.  Dicho espíritu en unos se alimentó con la llama de la tradición dinástica y en otros con el alborozado deseo de sumergirse en el desbordante océano de ilusiones surgido de la Revolución francesa.


jueves, 9 de noviembre de 2017

APROXIMACIÓN A LA HISTORIA DE ESPAÑA de V. Vives. CAPITULOS 13 al 16

13 - COMIENZO DE LAS DISENSIONES HISPÁNICAS.

Tras la victoria sobre el Islam a excepción del reino de Taifa de Granada las reivindicaciones de la nobleza sobre la monarquía recrudecieron.  Se trataba de un fenómeno general en la Europa de los siglos XIV y XV debido a la necesidad de la aristocracia tanto feudal como señorial de situarse en un preponderante plano político que consolidara su ventajosa situación económica mientras que la burguesía sirvió de elemento amortiguador del choque entre aristocracia y realeza. En la Meseta, la escasa densidad de la clase burguesa,  ya desde tiempos de Alfonso XI determinó que el coque entre los dos poderes antagónicos alcanzara dimensiones catastróficas.  El tejido histórico castellano desde la muerte de Fernando III hasta el advenimiento de los Reyes Católicos está urdido a base de una sórdida lucha de intereses personales; medirlos es percatarse del considerable vaivén en la historia de Castilla donde a peridodos de mayor exaltación creadora suceden etapas de profundo malestar, de ineficacia social, de devorador desasosiego. 
Durante el reinado de Fernando III y los primeros años de Alfonso X, Castilla conoció una época de plenitud, de amplia recepción de las corrientes europeos como el Arte Gótico que levanta catedrales de León, Burgos y Toledo, la universidad que se instala en Palencia y Salamanca así como el espíritu de comprensión y tolerancia intelectual entre lo antiguo  y lo moderno, lo musulmán y lo cristiano.  Ello le permitió desempeñar el mismo papel transmisor que en el siglo X le había correspondido a Cataluña, pero en esta centuria la misión castellana a través de la escuela de traductores de Toledo fue mucho más amplia y tendría consecuencias mayores para el futuro de la Sociedad Occidental, a la que inyectó un chorro renovador de ciencia y filosofía helénicas.  Alfonso X revivió la esperanza imperial aunque vinculada a la corona alemana.  Pedro el Cruel y Juan I reverdecieron las aspiraciones hegemónicas sobre los demás reinos peninsulares: el primero enfrentándose con Aragón y el segundo con Portugal.  En este campo de lucha social fue decisiva la terrible coyuntura de Montiel donde quedó sacrificado el último dique que separaba a la nobleza del poder: así la rama bastarde de los Trastámaras fundada por Enrique II (1369) emprendió un penoso camino claudicando ante los aristócratas que habían apoyado el movimiento revolucionario con enormes ventajas financieras como lo fue la consolidación del régimen de la Mesta que enriqueció al Estado con los tributos al ganado amen de doblar las fortunas de nobles andaluces y extremeños.
Las sucesivas oleadas de la Peste Negra (1348, 1362, 1371, 1375) contribuyeron a desquiciar los brillantes comienzo de la recuperación económica castellana  en     época de Pedro el Cruel.  Sobre esta coyuntura global  descansa la prepotencia de los “grandes” de Castilla, eje esencial de las futuras perturbaciones del país. Además de la tentativa de Pedro el Cruel de asegurarse el puerto de Cartagena para la exportación delas lanas de Castilla.
Portugal y Aragón e enfrentaron con idénticos problemas pero pudieron resolverlos de forma muy distinta puesto que ambos desarrollaron un incitante programa de expansión marítima que facilitó una solución menos rígida hacia las reivindicaciones aristocráticas.   En Portugal fueron resolutorias tanto la reacción nacional ante el ataque castellano (1385) frenado en Aljubarrota, como la conversión de Lisboa en etapa preferente del comercio entre el Mediterráneo y el Atlántico.  vendría la expansión norteafricana así como la aventura Atlántica. 
Algo parecido ocurrió en la Corona de Aragón, que a comienzos del siglo XIV, a remolque de Cataluña alcanzó su cenit histórico.  Heredera inmediata de la generación heroica de  Pedro el Grande, la dinastía desplegó una ambiciosa política que no conoció límites en la rosa de los vientos. Cerdeña sería reincorporada a la corona de Baleares, así como  Sicilia enfrentándose por tal motivo a la poderosa Génova.  El gran agrupador del imperio marítimo catalanoaragonés fue  Pedro el Ceremonioso (1336-1387).
Tanto Valencia como Zaragoza se benefician del acicate con que Cataluña y Mallorca estimulan las empresas comunes y se traduce en la consolidación del régimen de oligarquías urbanas y abiertas en las que se admiten junto a los primitivos patricios a los comerciantes enriquecidos y al nuevo grupo social constituido por los BANQUEROS, estimulado todo ello por el instinto “pactista”. Pese a la liberalidad de esta dinastía la nobleza catalanoaragonesa no cesó de decaer desde fines del siglo XIV.  Debido al susodicho poderío económico burgués  sus nobles figuraban en un modestísimo lugar entre sus congéneres castellanos
  Mientras tanto en el campo aumentaba el descontento y una prolongada confusión entre los campesinos agravados por la aparición de la Peste Negra que eliminó a más de la mitad. La nueva circunstancia les indujo a presentar unas elementales reivindicaciones de libertad personal  y a partir de 1390 un gran clamor de emancipación vibraría en el aire del campo de Cataluña.
No conviene olvidar que a lo largo del siglo XIV fueron tan frecuentes las luchas fronterizas con Castilla como las relaciones dinásticas y los intercambios comerciales.  Así, Jaime II se convertiría por unos años en árbitro peninsular y aprovechó su hegemonía para ampliar hacia el Sur los límites del territorio valenciano.  Como resultado global de este período de luchas, no podía preverse a fines del siglo XIV qué reino acabaría prevaleciendo en la previsible fusión de los mismos en el seno de una monarquía común: la de los Reyes Católicos.



14- LAS CRISIS DEL SIGLO XV

Sus raíces se hunden en los acontecimientos del siglo anterior, léase, declive de la agricultura, retirada de capitales del negocio ultramarino, guerras que asolan regiones económicas importantes y, sobre todo el azote de la Peste Negra (1348) que descargará sobre Europa y la península duros golpes hasta el siglo XVII. Peste y mortalidad seguidas por el abandono de los cultivos y las industrias, enlazaron con la miseria y el hambre en el círculo infernal de despoblación e inflación.   Estos factores agudizaron las contradicciones sociales entre campesinos y señores, artesanos y patricios, nobles y monarcas cuando especialmente  en los últimos decenios del siglo  XIV los precios se derrumbaron, se paralizó la actividad mercantil e industrial y las clases superiores fueron acusadas por las inferiores de opresión y desgobierno.
Flandes, Italia, Francia e Inglaterra al igual que los pueblos de España acusaron el rudo golpe desde 1380.
La primera reacción violenta de las masas FUE DESVIADA CONTRA LOS JUDIOS  como descarga sentimental y económica ante tanta desgracia.   Fueron expulsados y perseguidos desde 1391 de Andalucía, comenzando por Sevilla,  La Mancha para luego saltar a las ciudades más prósperas del comercio de la lana y finalmente su persecución se abatió sobre la fachada mediterránea de la Corona de Aragón donde fueron saqueados los barrios judíos de ciudades tales  como Barcelona, Valencia y Palma, entre otras.
Este movimiento provocó la escisión entre la comunidad cristiana y la mosaica.  Ello dio motivo a la formación de una minoría indecisa, la de los “conversos”,  muy influyentes debido a sus relaciones financieras y su prestigio intelectual.  Estos neocatólicos, unos 100.000, acapararon en poco tiempo el odio de los cristianos viejos, puesto que no acababan de adaptarse al cuadro mental de las actividades cristianas comunes tales como la comida y la indumentaria. Se les acusaría de herejes siendo el encono mayor entre la aristocracia y el clero cuya vanidad siempre les ponía en aprieto la bolsa. 
Sin embargo los Trastamaras protegieron a estos conversos tanto en Castilla como en Aragón porque eran una fuente imprescindible de recursos en momentos apurados y un engranaje administrativo del que no resultaba fácil prescindir.  La situación en Cataluña fue más favorable para los conversos, por el hecho que el préstamo recayera en banqueros e instituciones bancarias solventes y no en particulares de la nobleza.   Jamás ocurrió en el reinado catalanoaragonés un movimiento que reclamara una inquisición antijudaizante como ocurriera en el caso de Castilla desde mediados del siglo XV.
Con tan “sublime” aspiración la aristocracia precipitó a Castilla en el caos de cuatro guerras civiles, la última en extremo violenta.  En cambio en Cataluña el despliegue del conflicto fue más paulatino y abarcó a todas las clases sociales.  Ello produjo tres movimientos subversivos simultáneos: de los remensas contra sus señores, de los gremios y artesanos contra los patricios, de estos y los nobles contra la monarquía autoritaria.
Alfonso el Magnánimo apoyó la causa de payeses y menestrales en Cataluña y en 1455 impuso soluciones democráticas a las aspiraciones de su pueblo.  Ello provocó una reacción en las clases privilegiadas que derivó en el levantamiento contra Juan II de Aragón en 1461-62.
Por aquel tiempo se habían anudado tantas relaciones entre los distintos reinados que resultaba imposible su subsistencia en la forma política consagrada en el s. XII.  Así magnates castellanos y aragoneses cruzan la frontera y se instalan en el corazón  de los problemas políticos de los vecinos, por ejemplo vemos como buques vizcaínos y andaluces constituyen el equipo ligero de la navegación catalana y mallorquina,  también como ante las arremetidas de Luis XI en el Rosellón en 1473 son los barceloneses los primeros en ilusionarse con las lanzas castellanas que su príncipe heredero podrá traer de Segovia. 
En resumidas cuentas, la monarquía del Renacimiento se está gestando en la península, y gestándose con signo castellano por el simple empirismo de su demografía en auge, de los recursos que pese a la contracción económica sufrida siguen proporcionándole los rebaños trashumantes de la Mesta así como por la libertad de acción que reivindican sus reyes.
En el vocabulario de los medios mercantiles del extranjero  tales como  Avignon y en Flandes es   donde inicialmente se endosa el nombre de España a la península asociándose al de Castilla y tergiversando, quizás debido a una mayor comodidad vocal, la tradicional idea de mancomunidad hispánica medieval.  Además, por entonces, las relaciones dinásticas propiciadas por el establecimiento de una misma familia, la de los Trastámaras, en los tronos reales de Castilla y Aragón facilitaba el advenimiento de la unidad monárquica, de la “monarchia hispana”.  Tras la muerte del último rey de estirpe condal barcelonesa en la Corona de Aragón y mediante del Compromiso de Caspe  surgió la designación de Fernando >I, nieto de Enrique II, como nuevo monarca aragonés (1412), lo cual supuso una coyuntura afortunada para Castilla pues puedo aprovechar la riqueza fabulosa concentrada en manos de la rama menor de los Trastámaras  (conversos burgaleses y medinenses, Orden de Santiago y dinero de la Mesta) para neutralizar al Jaime de Urgel que también pretendía la misma corona así como contra la incapacidad de la burguesía catalana para hallar una fórmula que la reconciliara con la aristocracia pirenaica.
El colectivo que marcó el camino hacia la unidad fue el de Juan II de Aragón, rey de Navarra y gran magnate castellano el cual situado entre la espada de Luis XI de Francia y el muro de la Revolución Catalana, no vio otro recurso de salvación que apoyarse en el auxilio castellano.  Este fue el Norte, siempre pragmático, que alimentó el proyecto matrimonial entre su hijo Fernando y la princesa castellana Doña Isabel.  Este proyecto tropezó con considerables dificultades puesto que la península se encontraba inmersa en guerras civiles que estaban causando estragos y consumiendo recursos.  Finalmente tras una aparente reconciliación general acaecida en la entrevista de Toros de Guisando (1468) los rebeldes reconocerían el gobierno de Enrique IV siempre que éste admitiera la sucesión en el trono de ´”su jefe”, es decir de la  princesa Isabel.  Aun así al año siguiente del enlace entre  Isabel de Castilla y Fernando de Aragón se volvería a plantear sobre el tapete no solo la futura suerte de los partidos en lucha, sino la orientación general de la política castellana.  En aquel momento Castilla podía optar por una dirección atlántica o mediterránea y la suerte de armas se encargó de resolver la dramática opción.
Por tanto: El éxito del matrimonio aragonés venía condicionado por la desesperada situación en que se encontraba el rey Juan II.  En Cataluña se fue incrementando una  atmósfera de intranquilidad ante una política que produjo desasosiego en la acción, veleidad en los objetivos, agotamiento del país ante empresas superiores a sus posibilidades inmediatas.  Todo ello  motivó y se le  añadieron las revueltas de las clases bajas urbanas y  campesinas, la exigencia de tierras y libertad por parte de los remensas  y las aspiraciones de artesanos y gremios a los puestos de mando del municipio (1455). Todo ello pura dinamita que estalló  al socaire de las tirantes relaciones entre Juan II y el príncipe de Viana, conflicto fomentado por el oro castellano  y aunque se resolvió a favor del monarca este fue  incapaz de pacificar el país.  El Príncipe de Viana se lanzó  a la  política matrimonial con Castilla y Juan II exasperado ante su “traición” lo hizo arrestar en Lérida (1460) lo cual encendió la mecha de la Revolución catalana.  En su primer periodo Juan II avasallado fue obligado a liberar al príncipe de Viana, pero muerte este unos meses más tarde, la demagogia hizo fácil presa en un pueblo rápidamente sugestionable y se deslizó, de nuevo, la guerra civil.  Barcelona volcó sus tesoros en la lucha de modo que el rey Juan II sólo pudo resistir el golpe revolucionario buscando la protección de Luis XI de Francia.  En estas condiciones, los catalanes destronaron a Juan II y proclamaron rey a Enrique IV de Castilla proporcionando a esta corona una oportunidad clarísima para extender su dominio hasta el Mediterráneo. A la muerte de Enrique IV, eterno enamorado de la paz, había mantenido difícilmente el fiel de la balanza entre la grandeza Castellana, Aragón y Francia, ente su hija y su hermana.  A su muerte estalló la inevitable contienda encendiéndose una guerra de sucesión en la que no solo se planteaban los derechos de las princesas Juana e Isabel sino el más  vasto de qué papel ejercería Castilla en la organización peninsular y en la política internacional.
Francia  y Portugal apoyaron a doña Juana. Aragón y sus aliados (Nápoles, Borgoña, Inglaterra) a Doña Isabel.  La eficaz juventud de Fernando de Aragón, el sentido reformista de la intervención aragonesa y catalana en Castilla unido al auxilio militar delos experimentados técnicos mediterráneos, dieron la victoria al partido Isabelino.
Resuelta la principal fuente de sus divergencias políticas – la duplicidad de influencias de los Trastámaras en el país - Castilla pudo ser organizada para desempeñar su papel medular en el seno de la sociedad hispánica. 



15 - LA ORDENACIÓN HISPÁNICA POR LOS REYES CATÓLICOS

 Los Reyes Católicos  inician  el gobierno mancomunado de las coronas de Aragón y Castilla bajo una misma dinastía tras el final de la guerra civil castellana acaba en 1479 y Juan II de Aragón  fallecido al principio del mismo año.  Este gobierno presidio cierto clima de hermandad entre los pueblos reunidos bajo el mismo cetro, especialmente sentido en el mediterráneo durante los años de la regencia de don Fernando ( 1504-1516). Navarra, tras su incorporación  a la corona castellana no perdió su régimen privativo.
Resuelto el secular problema fronterizo aragonés que hasta entonces había maniatado a Castilla, esta pudo asestar un durísimo golpe al último reducto del Islam en la Península.  Granada sucumbió en 1492, el mismo momento que Francia planteaba de nuevo su problema con Italia, lo cual permitió a Fernando el Católico disponer de excelentes bazas en el juego diplomático europeo obteniendo la devolución del Rosellón y la Cerdeña (1493) de Carlos VIII anteriormente ocupados por Francia.   Así quedó cerrado el peligroso boquete en la frontera pirenaica de la Corona de Aragón.  En este juego fue decisiva la aparición del ejército castellano en los teatros de guerra del continente en los que debía señorear durante siglo y medio.
La monarquía  de los Reyes Católicos ofreció, en principio idénticas oportunidades en el seno de la nueva ordenación hispánica. El portavoz de esta política fue Don Fernando, pues Doña Isabel se sintió fiel al sentido integracionista de la monarquía castellana,  como se demostró en la sujeción de Galicia a comienzos del reinado. Su marido practicó el dualismo administativo y consolidó el gobierno pactista en Cataluña y Aragón.   En este aspecto su juego político fue muy superior al de los monarcas de su época al intentar entremezclar los espíritus de ambos reinados, por ejemplo una política oceánica vinculada a Castilla y una política norteafricana circunscrita a Cataluña-Aragón aunque la corte empleara indistintamente hombres y recursos de ambos antiguos reinos para  alcanzar sus fines. 
Castilla adquirió desde el primer momento  lugar preponderante en la monarquía hispánica no solo por la extensión de su territorio y población sino por la decadencia de una Cataluña convaleciente de la obstinada furia revolucionaria en que había disipado sus recursos.  Valencia, rica, próspera y culta habría podido ocupar el lugar de mando en la fachada mediterránea pero no tardó en rendirse a los efluvios de la cultura castellana en un precoz acatamiento de lo que había de ser la realidad hispánica en los siglos XVII y XVIII.
Debido a que tanto Navarra como la Corona de Aragón disponían de ciertos parapetos legales para frenar los deseos de la monarquía  los monarcas se centraron su actuación en Castilla, lo cual marcaría una tendencia que tendría incalculables consecuencias ya que comenzaron a aplicarse en todos los territorios de la península   soluciones políticas a problemas que sólo afectaban al reino castellano como fue el de la subsistencia de las comunidades judías, el de la infiltración de los conversos en los organismos directivos del país,  lo que provocó el establecimiento de la Inquisición en los primeros años del gobierno de los Reyes Católicos y más adelante el decreto de expulsión de los hebreos (1492).  La primera gran depuración española procuró la unidad de fe en torno a la Iglesia Católica engrandecida por tres siglos de dirección espiritual y militar de la Reconquista, pero eliminó de la vida social a los únicos grupos que habrían podido recoger en Castilla el impulso del primer capitalismo.  La oleada de espanto que levantaron estas medidas repercutiría en un futuro próximo en la mentalidad castellana. Así en 1502 se decidió eliminar toda disidencia confesional y se ordenó que no solo los musulmanes granadinos, sino los de toda España fueran expulsados salvo que se convirtieran al cristianismo cosa que  hicieron en masa con el inevitable resultado de crear un núcleo inasimilable y pronto a toda acción subversiva. 
A pesar del aliento que la realeza procuró insuflar en las clases medias, la nobleza castellana continuó  incólume en sus privilegiadas posiciones políticas y territoriales pues pese a haber renunciado a manejar a su antojo los asuntos del   país, a su independencia cantonal o a sus reductos de las Órdenes Militares, tras la fachada del autoritarismo monárquico y su  aparente sumisión política a la Corona, la nobleza se irguió desde sus encomiendas, señoríos y latifundios como gran dominadora del país, robustecida por continuas concesiones de grandeza, repartos de tierras (las de Granada) y establecimiento de mayorazgos.  Estos hechos comprometieron el futuro de la agricultura castellana y la facilidad del negocio lanero, que tantos intereses económicos cobijaba determinó la consolidación de los privilegios de la Mesta con  su inevitable secuela de ampliación de eriales y cotos cerrados a la actividad agrícola.



Sobre tan débiles bases agrarias resultaba imposible levantar un sólido edificio económico y los Reyes Católicos  pese a favorecer la industria y el comercio mediante disposiciones proteccionistas no practicaron una política mercantilista coherente, imposible, por otra parte, en un país donde faltaban capitales para aplicar a la producción.
El resultado de tierras Americanas resultaba demasiado reciente como para pensar en el aprovechamiento de sus secretos tesoros y la expansión industrial.  Más adelante, las guerras exteriores y la miseria agrícola dilapidarían el oro que la fortuna brindó tan pródigamente a Castilla.
Pese al  lejano y pretendido concepto monolítico, Castilla,  espléndida en sus empresas exteriores y vacilante en sus objetivos internos pues eran muchas las contradicciones existentes entre los distintos reinos que formaban la nueva Monarquía  así como  entre las diversas clases sociales de cada sector se produce una sensación de bienestar y riqueza que alcanza a la decaída Cataluña.  El humanismo castellano florece durante este periodo (el plateresco antiguo y la apertura cultural de un tal Cisneros en Alcalá) al establecimiento de la  monarquía y la colorea con arrebatos de imperial grandeza.

16 - LA MONARQUÍA HISPÁNICA DE LOS HABSBURGO

Durante  las tres generaciones simbolizadas por Carlos I, Felipe II y Felipe III, la monarquía hispánica siguió la estela legada por los Reyes Católicos. En ello influyó tanto el sentido de grandeza de las realizaciones internacionales de estos en Europa y América como el ARMAZÓN BUROCRÁTICO que constituyeron para el gobierno y la administración de justicia en sus posesiones.   Nadie dudó en aquella época que el sistema de unidad dinástica, con amplias autonomías regionales, fuera el mejor de los regímenes posibles para España, ni nadie puso cortapisas al papel preponderante ejercido por Castilla en la política, la economía y la cultura hispánicas. El trasiego de la importancia geopolítica del Mediterráneo al Atlántico acabó de robustecer esa misión.
 Mientras Aragón conocía un período de prosperidad relativa, Cataluña y Valencia vegetaban en un aislacionismo un  tanto sombrío, solo perturbado por gravísimos problemas como el de la amenaza turca amen de minúsculas luchas internas sin aspiración colectiva de ningún género.
Pese a las deficiencias del sistema agrario que precipita al país a grandes hambres y le obliga a comprar trigo foráneo, pese al escaso rendimiento de la industria, cuyos productos no pueden competir en calidad ni precio con los de Francia, Flandes e Italia, pese a la incompetencia financiera de la Corte, abocada de continuo a la bancarrota, Castilla está en pie, en lucha contra una Europa que se debate ante las sucesivas arremetidas de la marea protestante.
Pese a la inyección de metales preciosos americanos  que supuso una inyección puntual en algunos momentos críticos, lo cierto es que en 1575 llegaron a colapsarse los pagos de la feria de Medina del Campo al sobrevenir la bancarrota del comercio lanero castellano.  Además para las Américas parte gente emprendedora que no serán reemplazadas en la madre patria.
En resumidas cuentas, la tarea castellana resulta obsesionante y para realizar su misión va podando cuantos elementos generosos brotan en su seno tales como el ideal burgués fruto de la guerra de comunidades así como las ramas erasmistas y renacentistas en su empeño de mantener la ortodoxia. 
Este duro sacrificio halla su compensación en los profundos hallazgos espirituales realizados en el seno de una Iglesia que efectúa la síntesis entre el boyante esplendor de la dinastía y el colectivismo democratizador del pueblo.  Teólogos, misioneros, místicos y ascetas esmaltan la época de oro de la vida eclesiástica española.  El desprecio profundo de lo terreno y el ideal de misión ecuménica entierran definitivamente cualquier programa de recuperación económica de Castilla.
Mientras los banqueros genoveses acaparan los beneficios de la explotación de las minas americanas y los armadores de la misma procedencia el suministro de las flotas, mientras los mercaderes italianos , flamencos y franceses se apoderan tras las ferias de Medina del Campo y los embarques de Sevilla y Cádiz, del negocio colonial, la Monarquía, lejos de reaccionar, va enzarzándose cada vez más en un peligroso confusionismo financiero que la ata al carro capitalista allende los Pirineos.  Dicho confusionismo convierte todos sus esfuerzos no solo en ruinosos sino en estériles. 
El patriarcalismo estatista de Felipe II agotó las posibilidades económicas de Castilla en un mercantilismo de vía estrecha, cuyos únicos reflejos en el país se  hallan en el relativo auge de algunas pañerías provinciales, en las magníficas construcciones de algunos hidalgos andaluces y extremeños enriquecidos por las encomiendas americanas y en el opresivo esplendor de Sevilla.  Sin embargo no hallamos ningún capital invertido en el país, ya sea en la bonificación del suelo agrícola, ya sea en la constitución de sociedades mercantiles para la explotación del mundo oceánico, incluida la trata de esclavos en manos de portugueses o franceses. ESTA INCOMPRENSIÓN DEL MUNDO CAPITALISTA DEJÓ A CASTILLA DESARMADA ANTE EUROPA.

He aquí un PUNTO CLAVE en la problemática de la historia de España.  Conviene bucear en la mentalidad castellana de la época de Felipe II.  No solo la burguesía se trata de un fenómeno transitorio sino  más aún lo es su sector industrial.  El cual a la menor contrariedad producida por cualquier crisis cíclica o el desencadenamiento de un nuevo empuje inflacionista, se derrumbaron por faltas de capital, de técnicos y de reservas de materia prima.  Desde 1590 las pañerías y sederías castellanas se paralizan y los obreros despedidos van a la corte a nutrir la legión de pedigüeños o peones.  En definitiva: quienes poseen dinero  (aristócratas e hidalgos) lo PETRIFICAN en construcciones tales como templos  o monasterios o lo sacralizan en obras de arte, pero ninguno cede a la tentación industrial o mercantil.
Detrás de esta mentalidad se dibuja no solo la soberbia sino el EMPEÑO DE HONRA, distintiva al supuesto ideal judío de la usura y de la ganancia ilícita.   Con ello resurge el tema del cristiano nuevo   que llena tantas páginas de la historia íntima castellana de los siglos XVI y XVII. Solo más tarde Castilla comprobará que la riqueza de un país es la base de toda política exterior afortunada y que una economía saneada compensa mil  batallas perdidas.
La arremetida calvinista con un credo, un dogma y una mentalidad tan absoluta como los católicos halló a Castilla en plena reacción espiritual y gracias a un rígido encuadre del país bajo Felipe II fue posible convertirlo en centro de la resistencia ortodoxa de toda Europa, con un papel a menudo divergente de las propias miras del Pontificado.  Así Castilla se cerró a las influencias de exterior, escrupulosamente fiscalizadas por la Inquisición y los tribunales administrativos.  Incluso se prohibió a los hispanos estudiar en las universidades extranjeras, salvo Bolonia.   Todo ello causó una enorme impermeabilización de España y se extinguió el compromiso intentado por la intelectualidad (Cisneros, Vives, Vitoria) de las dos generaciones anteriores, en las que la defensa de la pureza de la fe, la inquebrantable ortodoxia no habían vedado fecundísimas incursiones en el campo del humanismo occidental.
Carlos I, educado en el ambiente mercantil de Flandes, pudo haber dirigido la monarquía hispánica en otro sentido y así lo intentó al liberalizar el comercio americano en 1529, pero sus múltiples ambiciones le convirtieron en un forzado depredador de la riqueza castellana. Pese a las guerras libradas contra Francisco I de Francia que revelaron la potencialidad de sus recursos estableciendo la hegemonía española en Italia tras la batalla de Pavía (1525) así como el esplendor de la coronación en Bolonia (1529), dichas batallas no lograron avasallar a Francia, ni atemorizar a los protestantes alemanes, ni frenar a los trucos osmanlíes, ni incluso detener la arrogancia de los berberiscos en las costas mediterráneas.
En tiempo de Felipe II  la polisinodia concertada de aristócratas y letrados, de burócratas y empleados de todo rango hizo que la marea creciente de papel  llegada al seno de los distintos Consejos agotara la capacidad de los resortes administrativos, aturdiendo incluso al primer burócrata del estado: su escrupuloso monarca reinante.   Quedó patente, pues, allá por 1582, la demostración del mal funcionamiento de la economía agraria castellana desde la gran hambruna de 1582.
 Con todo, el inicial dinamismo y la fe (confianza ciega, sin interrogantes) del pueblo castellano permitieron a la Monarquía vivir horas de euforia universal tales como la contención de los turcos tras la victoria de Lepanto en 1571, la inclusión del reino portugués en la Corona hispánica en 1581 con la totalidad de su inmensidad colonial africana, índica y tierra de las especias; con Francia cuidadosamente vigilada en sus amenazadores vaivenes religiosos y los países bajos en revuelta desde 1566 contenidos una y otra vez dentro del murallón defensivo español.  Tan solo lo británico se le resistía pues  tras el desastre de la Armada Invencible (1588)  se volverían las tornas y a dicha derrota se  le sumarían: la imposibilidad de reducir a los neerlandeses, la recuperación de Francia como gran potencia europea y la ya insoslayable separación de Portugal.
Muerto el gran monarca, que impuso a sus reinos un ritmo tan agotador sin resultados prácticos concretos, el gran edificio de la Monarquía Hispánica no se desplomó bruscamente porque un vivo deseo de paz se adueñó de Occidente tras aquel agitado período de luchas.  Se presentaba la coyuntura propicia para rectificar errores y modificar sistemas, pero los consejos seguían funcionando con su habitual tradición burocrática y ellos impusieron al incapaz Felipe III,  sombra del ya primitivo tronco biológico de Austrias, Borgoñas y Trastámaras, el régimen de los validos.  Con el nuevo siglo se inauguraba la preeminencia de los grandes latifundistas andaluces, gente dadivosa, infatuada, arribista e incauta.
El Duque de Lerma toleró la corrupción de la burocracia, el enquistamiento en el gobierno de los comparadores de cargos públicos. Todo ello también era mal de la época en Europa, pero en la corte madrileña alcanzó ápices exagerados.  En estas circunstancias el aparato del Estado se limitó a vegetar, considerando venerable toda institución añeja y excelente cualquier arbitrio que permitiera mantener intacto el esplendor búdico de la Monarquía. 

Por todo lo anterior, nadie podrá sorprenderse de la drástica medida que puso fin a la diversidad religiosa de las Españas: la expulsión inicial de los moriscos valencianos y andaluces  y la posterior de los de Aragón y Castilla. Un total de 300.000 seres  expulsados desde 1609.   Con ello se eliminaba cualquier peligro que pudiera acechar desde el mediterráneo así como lograr la unidad religiosa peninsular.  El extrañamiento de los moriscos resultó un negocio ruinoso, llevado a cabo sin la preparación que exigía el delicado problema de sustituir una mano de obra agrícola que detentaba el tráfico de mercancías, gran parte del préstamo y   la obligación de hacer frente a los intereses que gravaban sus fincas.  Algunos prohombres se beneficiaron con el trasiego de bienes, propiedades y arrendamientos, pero el país perdió un nuevo chorro de energías en el mismo momento en que debería hacer frente a la gran crisis social económica, social y política del siglo XVII.